Plug hablaba con uno de los tipos que la traía de vaina antes que empezara a clavar conmigo. Se dejaba tocar el cabello frente a mí (yo estaba tirado y ebrio), le decía algo al oído, le sonreía; luego él la insultaba, le decía: «Zorra, tus chichis te llegan al ombligo, son tus nalgas delanteras». Le decía que yo con mi cuerpecito pequeño no era ni la mitad de hombre que él; tenía razón; el vato, en comparación conmigo, era muy alto. Le decía que seguro cogía conmigo porque no había soportado el rigor de su verga de pornstar. Luego se burlaba:
Sólo quería cogerte, no lo tomes a mal, tú no sirves para otra cosa.
Le dijo lo que todos pensábamos de ella. Quizá por eso estaba tan encaprichada conmigo: yo era el único que aún no se lo había dicho.
Todo ocurrió frente a mí, porque mi presencia (un bulto) ya les daba igual.
Ella se emputaba y se iba; yo reaccionaba y la alcanzaba. Le decía con mucho tacto que esos hábitos suyos ya no le convenían. Ella hacía esa respiración agitada y grave como una tuba y me decía que lo que pasara entre ella y sus compas era su pedo.
¿Acaso no había dicho que muchas veces cogía de puro coraje?
Cuando se largó me tiré al piso de nuevo. Estaba en una encrucijada:
¿Mutsumi-chan o Plug? Mi gran problema es que soy hombre de una sola mujer y mi hombría es pequeña: siempre he creído que un hombre no puede atender a dos mujeres; con qué trabajo uno hábil puede satisfacer a medias a una; y aunque la recomendación sencilla sea alternarlas, el paso de la teoría a la práctica es complicado; o quizá no lo sea, mas implica una decisión: perder muchas cosas, por lo menos la mitad de las cosas.
¿Mutsumi-chan o Plug? Mi gran problema es que yo era hombre de una sola mujer y en ese momento me divertía bastante con Plug. También me la-mentaba por dentro, porque cada vez que Mutsumi-chan decía «te necesito», era como si me apuñalara, porque me abrazaba y yo le correspondía, y en el fondo sentía que yo estaba fingiendo; porque de pronto un impulso idiota me hacía querer cumplir con una promesa suicida que Plug me había inoculado: ahorcados del mismo cable, o lejos, largarnos de Agnosia, al sur, siempre al sur.
Cuando estuvo más calmada ella regresó conmigo y me soltó un discurso estúpido:
El bien y el mal son una farsa —me dijo, igual que los dragones de las historias cuando protegen un tesoro incierto—, porque es bueno que nos hayamos encontrado, pero es malo que tú sigas con Rocky y no decidas a qué juegas conmigo.
Así era Plug. Y yo estaba tan enculado que quería decirle que sí, que era yo quien jugaba. Mi corazón era como esos platillos de air hockey.
Ella me decía que cuando Dios la hizo no había roto el molde sino que me hizo después a mí; me hacía creer que yo había nacido echado a perder, con la burla tatuada en el rostro, igual que ella. Y en medio de esa telaraña me soltó un ultimátum: me dio un abrazo y me dijo:
Te puedo esperar, o desearte mucha suerte, nadie se muere de amor y yo ya he vivido esto.
Lamidas, manoseo y despedida.
Más tarde, ya en casa, escuchaba a los Pixies mientras me bebía dos litros de Jarrito sabor tamarindo, y sucedía: cada nota que salía de la guitarra de Kim Deal era una puñalada en las tripas. Y ahí estaba una pasta en mis ojos que no dejaba que cayera ni una lágrima.
Y mientras, pensaba en Mutsumi-chan, en cómo podría volver a ella ahora que la había alejado tanto en mi interior.


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