De pronto me di cuenta: Sócrates y Diógenes estaban acompañados. Del lado del Sarcástico había un auténtico Dionéo, y junto al Sátiro había un Apático. Mi conciencia se reorganizaba como un espectáculo de teatro guiñol.
Un poco deforme, envuelto en una toga blanca, con una leve joroba, el pequeño Sócrates de bolsillo me miraba, solitario, sentado en mi hombro derecho, sin decir nada. El otro homúnculo vestía un barril y sostenía su linterna, empinaba el cuerpo dentro de mi oreja preguntando a gritos: «¿Hay algún hombre virtuoso por aquí?»
Después vino una mujer con minifalda, tenía los dientes bien alineados y una pequeña estrella en su mejilla; la golpeaba un tipo de peinado naco…
Al verlos venir, el Sátiro empezó a cogérsela, se le metió por completo. El Sarcástico explotó en una carcajada. El Dionéo se metió en el de peinado naco y el Apático se quedó sentado hasta desvanecerse…
Cuando todo aquello terminó, los polos de mi conciencia eran dominados por Tatiana y Andrés Puente.
Y el pequeño Diógenes de bolsillo, depositario de mis aspiraciones; incluso el pequeño Sócrates, con sus inflexibles directrices morales, me abandonaron definitivamente. Partieron hacia la estoa de mi inconsciencia esperando que las yeguas devoradoras de hombres, o el río que limpió los establos de Augías, obraran en mí algún milagro.
Una vez terminado el proceso de reacomodo axiológico hice una prueba; le pedí a Tatiana un directriz moral.

Agita una mano / agita ahora un pie / agita la otra mano y también el otro pie…

Bailemos Hokey Pokey. Fue todo lo que alcancé a escuchar.
Si al menos hubiera sido una vintage, Linda Lovelace, por ejemplo…
Mi conciencia se había vuelto permisiva. Sólo cuando dimensioné el significado de aquello me preocupé.
En ese punto Orri ya no era ni siquiera un fantasma, sólo el recuerdo vago de un rito de transición.
Pero, sonríe, Sempai, esto no acaba sino de empezar.



Antes de la llegada de Orri al café Estival pasé a comprar unos cigarros baratos y a visitar el baño. Di un golpe fuerte al letrero colgante. Ya sentado sobre el retrete, me entretuve leyendo las marranadas escritas en las paredes de los cubículos; en aquel tiempo eran el equivalente del Match y el Facebook. Destacaré uno en particular:

Orri le di por el Aniseto coje vien chingon

Seguido de su número telefónico y un link al video del baile frente a su webcam (al día siguiente lo usé para consolarme después de aquellas horas extrañas). Claro, me gustaba releer mis propios textos. Hasta le puse otra falta de ortografía, para darle mayor credibilidad.
Regresé a la mesa.
Fili buscaba cualquier pretexto para discutir y usar adjetivos de más de cinco sílabas; cuando se levantó al baño, Chuck me explicó que, en medio de los alterados ímpetus, sustraía las energías de quienes se ponían agresivos. Según ellos, las líneas de las manos de Fili estaban muy marcadas, en la quiromancia eso significaba que estaba pronto a llegarle al más allá, por tanto debía obtener energía vital de cualquier medio.
Didi se quejaba: Fili seguía entrando en sus sueños. Por aquella época les dio por argumentar que el hecho de tomar café no los hacía menos socialistas, y contaban chistes de negros y judíos y hablaban de huelgas universitarias en Ixtapalapa. Se respiraba una atmósfera completamente absurda. Sin embargo algo había de cierto en toda esa maraña: la muerte, esa santa, nos rondaba.
En medio de aquel cuadro estaba yo, mirando a otras morras, a escondidas de Orri.
A mi vida le hacía falta que toda la cotidianeidad se fuera a la entrada del Tártaro, que el destino me diera un par de óbolos para pagarle a Caronte. Aquel era el día.
Orri y yo salimos del Estival para platicar nuestros problemas. Llevábamos poco menos de un mes como pareja y ya peleábamos por diferencias de personalidad, de carácter, de cualquier cosa.
Mis hábitos le molestaban hasta lo más profundo de sus entrañas, odiaba las bukowskianas, el Henning y el ojorrojo, y odiaba sobre todo mi ausencia de escrúpulos hacia «toda esa autodestrucción»; yo, la verdad, no entendía a qué se refería, me parecía una exageración.
Todo empezó cuando empezamos a coger, yo pasaba por un periodo hardcore, me gustaba el ass to mouth, el creampie, el fisting, las cachetadas en las chichis y esas cosas, pero a ella nunca le deslicé la hipodérmica hasta la garganta, nunca le metí objetos extraños, ni traté de ampliar sus horizontes demasiado, ni siquiera le sugerí el trío con Fluff que traía en mente, mucho menos le abrí orificios nuevos con arma blanca para follarla por el costado como todo un Longino.
Habíamos cogido sólo unas tres ocasiones y de pronto yo debía cargar con todo su arrepentimiento, porque «todavía era medio virgen» y por su madre y no sé cuánto (hasta las sluts tienen un pequeño Sócrates de bolsillo).
Después de nuestro último asalto ella se puso particularmente culposa. Harto de oírla, le dije: «Si lo que quieres es sangre en tu noche de bodas, hazte una himenoterapia dos meses antes». Eso la insultó. Terminé recomendándole el tepetomatl, hierba de fácil obtención con las brujas del mercado; según Fili, era utilizada por los aztecas para estrechar el coño. Tampoco quiso.
Después de eso, todo en ella empezó a resultarme molesto: sus ojos de moco, su celulitis, el sexo suplicio. Me molestaba hasta cómo agarraba la taza de café.
Un par de semanas antes le había dado un ataque epiléptico por culpa de su cisticerco, pedaleaba en la bicicleta fija en el gimnasio, se le alteró el pulso cardiaco, se fue de hocico a la duela y no sé qué más. Le metieron una toalla en sus fauces para evitar que se masticara la lengua. Cuando dije: «Culpa a tu madre por darte fresas sin lavar», lo tomó también como un insulto; la culpa era del sol, dijo, y de la tensión, y del estrés... Estaba enferma y de verdad parecía moribunda.
Cualquier cosa nueva en ella aumentaba mi aversión, me daban ganas de molerla a golpes, embutir su carne y hacer grenetina con sus huesos para prepararme unos flanes, aguados como ella. Tan patética. Hasta los perros le ladraban y la correteaban para morderla. Una inútil. Sólo salía si alguien la recogía en la puerta de su casa. La llevaban a la escuela y no era capaz de regresar tomando cualquier transporte, no, alguien debía regresarla. Y caminaba con tanta hueva: siempre sabías cuando venía porque la precedían las piedritas que pateaba; ni siquiera caminaba, arrastraba las piernas. Una inútil. Para agradar hablaba con un odioso sonsonete, y sólo decía frases hechas. Era un catálogo ambulante de enfermedades y ya ni siquiera quería clavar. Tan flácida por dentro y por fuera. Toda ella era un flan. Y había momentos en los cuales pensaba que en cualquier momento perdería la cohesión, como una cubetada de agua, y se evaporaría.
Incapaces de solucionar nuestras diferencias regresamos a la mesa.
En el camino, al pasar por los libros, Orri le coqueteó al Sempai; había ido a parar al Estival. Yo la empujé contra un estante de best sellers; no se perdía mucho ni de uno ni de otro lado. Ella cayó de costado y después se quedó recogiendo el tiradero; mientras uno de los cajeros la regañaba, me echó unos ojos de muérete-hijo-de-puta. El Sempai, todo un caballero, se quedó deteniéndole la bolsa, hasta que, toda enojada, regresó a la mesa y se sentó del lado de Didi, quien se dio cuenta.
Uy, su primer pleito de novios, que lindo, ¿te acuerdas, Chuck, de nuestro primer pleito? Que bonito. Que bonito.
El Sempai se había sentado en la mesa del profesor Sebastián, frente a Orri, y la muy puta le coqueteaba ¡A mi oniichan!… bueno, compartimos el mismo adn, era lógico que el Sempai le pareciera un galán, todo un tipazo, pero era mi oniichan, si con un compa no se comparte a la vaina, menos con un oniichan. Quizá lo hizo porque se dio cuenta de que yo hacía lo mismo cuando la Marrana se descuidaba: me comía con los ojos a la pequeña Mutsumi-chan, y ella me correspondía.
Cuando se hartó del juego, interrumpió mi coqueteo exigiendo toda mi atención.
Odio mi vida, Hugo, a veces me gustaría suicidarme.
Puta, era odioso cuando empezaban a cortarse las venas con un mazapán. Odioso, odioso. Escuchaba esa pendejada cada dos semanas y cada vez me ponía más impaciente cuando una slut la repetía.
Si quieres te ayudo, te lo mereces.
Eso lo pensé en voz alta. No lo hubiera dicho. Orri puso ojos de Candy Candy.
No es cierto —reparé—, no deberías pensar así, Alondra… ¿Te conté de mi tío Licona?, se aventó de un séptimo piso.
No.
Tenía un chingo de deudas porque le pagaba la escuela privada a mi primo y traía coche del año y le gustaba apostar en los partidos: que los Gallos le ganaban al América o al Cruz azul, y esas cosas. Un día de pronto dijo «Va», y se aventó.
¿Y?
Ah, pues no sé cómo cayó, pero quedó vivo y cuadrapléjico.
¿Y luego?
Pues ya no se pudo suicidar, o sea, después. Misterios del concurso divino. Se quedó quietecito en una cama, vegetando y consciente, lo sabías por cómo movía sus ojos los primeros días. Luego empezó a sentirse Ramón Sanpedro y andaba queriendo legalizar la eutanasia en Agnosia…
Nunca entiendo hacia dónde vas.
Para eso tenemos al pequeño Sócrates de bolsillo, si pactas con él ya chingaste a tu madre, porque lo matas. Es como si la Orri que es mejor, la residente de tu cerebrito (Hooola, ¿Hay un par de neuronas perezosas ahí dentro?), le hablara a la Orri que eres ahora… si te pusieras a negociar con ella, entonces tu conciencia se volvería permisiva.
¿Y eso qué diablos significa?
Pues así ya para qué la quieres.
No entiendo cómo alguien como tú pudo sacar diez en Ética.
¿Porque no soy bueno?
Tus palabras no tienen nada que ver con tus actos.
Mira, el tío Licona antes era de esos vatos duros, de joven trabajaba en una hielería, él decía: «Las pastillas y los navajazos bajo el agua son puterías, ¿Té quieres suicidar?, como hombre, culero, ponte un mecate en el pescuezo, párate en un bloque de hielo y espera a que se derrita».
Pero estamos hablando de mí, de mis sentimientos, no de tu tío Juan Topo, eres un egoísta.
No exageres, te aseguro que nadie te ha aguantado tanto como yo.
Eres un hijo de la chingada, cínico.
Parido por ti, seguramente. Ora sí, hasta Edipo resulté.
Chinga tu madre.
Mejor me chingo a la tuya, está más buena que tú.
Didi nos miraba perpleja y Fili lo hacía disimuladamente, con mucho interés. Nos quedamos callados.
Orri tuvo ganas de ir al baño. «Acompáñame», dijo.
Bajé de mala gana. No resolvíamos nada y, llegado a ese punto, los demás ya nos habían excluido de la plática.
Antes de que ella entrara di un golpe más fuerte de lo habitual al letrero de madera, pegó en el techo y comenzó a oscilar. Ella me miró con decepción, limpió sus ojos y entró. A mí ya me valía madre.
Entró al baño. Yo me quedé solo, me acerqué al cenicero, me puse en cuclillas y empecé a enterrar las colillas anónimas en la arena, como si fueran los cilindros invasores de H. G. Wells, luego los enderecé y les puse otras colillas encima para hacer un crómlech. El letrero seguía oscilando. A la mitad de aquel modelo a escala de Stonehenge me aburrí y me levanté, me puse frente a la puerta a esperar. Unas personas llegaron a hablar por teléfono. Yo estaba de pie contemplando cómo disminuía el movimiento del letrero. Algo llamó mi atención: un eslabón débil de la cadena se estaba venciendo.
De pronto caería en la cabeza de Orri, pensé divertido; su sangre comenzaría a correr como un pequeño manantial. Yo gritaría desesperado y sin pensar: «Un doctor, por el amor de Dios, traigan un doctor». Un hombre trajeado con olor a Hermenegildo Zegna se me acercaría curioso y con buena prestancia, me hablaría cortésmente: «Yo soy doctor», diría, «¿En qué puedo ayudarte?»; «¿Cómo en qué?, ¿no lo ve, Orri se desangra, culero? haga algo, sálvela». Y el vato diría «No, yo soy doctor en economía, generación 88-90, posgraduado en la Ibero». Y luego de un silencio remataría: «No hay nada que hacer, Neko; oye, ¿Te puedo dejar mi tarjeta? Es que aquí en provincia estoy sobrecalificado, anda, sólo por si necesitas servicios de consultoría». Y yo le diría «Gracias, lo tendré en cuenta la próxima vez que mis acciones en Telmex se vayan a la mierda».
Cuando Orri salió del baño, el letrero le cayó en la cabeza. Una de las aristas pegó contundente en su mollera. Cayó al piso y al principio no pasó nada, luego un hilo de sangre adelgazada y traslúcida, que no tenía nada que envidiarle al del pirata José Arcadio Buendía, avanzó por el corredor. Yo me asusté ¿hemofilia? ¿leucemia? ¿lupus?, ¿Qué extraña enfermedad me había ocultado? Doctor House diría: «Es lupus», siempre es lupus.
Unos empleados me encontraron gritando frente a ella.
La llevamos a un hospital y hablamos a su okaasan; estuve con ella todo el tiempo. La herida era grave. Aquel agujero en el cráneo no dejaba de sangrar.
Los testigos en los teléfonos me habían visto lejos, «El chico es inocente», dirían; mas yo sabría que era mi culpa, por golpear el letrero tantas veces, como si hubiera preparado aquel momento proféticamente, aun antes de conocerla.
La herida no coagulaba y entonces todo tuvo sentido ¿acetona, almendras dulces?, el olor de su boca: diabetes juvenil.
Lo único bueno de todo aquello fue que en el Estival cambiaron lo eslabones por unos de acero cromado.
Me dolió, la verdad, mas no por mucho tiempo. No me nació vestir de negro ni guardar luto. Tampoco tuve el tacto de visitar a su okaasan, corté toda relación con ella, ni siquiera me presenté a declarar cuando demandó al Estival.
Horas después del accidente vi a Orri cubierta por un velo. Y al día siguiente la caja. Y luego los tres metros de rigor, y una tonelada de tierra y raíces. Esa noche, después de masturbarme con su video del Youtube, soñé su rostro, banquete de gusanos, y empecé a desearla más, quizá porque ya no estaba.
Nueve días después yo estaba de nuevo en el Estival fingiendo un dolor por ella, y también fingiendo ignorar otro: que sólo me quedaba ver con resignación cómo todo se iba a la verga, que no importa cuánto intentara darle sentido a mi vida porque estaba hueco.
«Pobre Neko», me consolaban, «cómo te has de sentir».
Y yo sonreía dulcemente, bajando la mirada, un viejo ademán prefabricado para recibir lástimas. Me daba resultado. Fingir una sonrisa, hacerles creer que me importan, o que yo a ellos.
La vida, un simulacro.
En el fondo no era ella quien me importaba, sino aquello roto en mi interior después del accidente. Mi mente, llena de datos, de una creatividad enfocada en el derrumbe, ya no podía asirse de nada. Era como si Orri se hubiera llevado todas mis creencias.
Cuando volvió de Argentina, Focko dijo: «El primer asesinato es una iniciación, te marca o te vacía. Si ya lo has hecho no se te dificultará repetirlo».
Aquello era una certeza sin forma, distante y conectada con la fase final de Ikari. En ese momento la última instalación ni siquiera existía, mas vino a mí también como una profecía, como una imagen de una fracción de segundo: un paisaje habitado por el polvo y las ruinas.



En la Unam hicieron una investigación —dijo Focko. De la noche a la mañana pusieron un montículo de caca humana, como de un metro de altura, en la entrada de la facultad de Filosofía y Yerbas. Al principio muchos estudiantes se quejaron: unos la evadían con asco; otros la olían; otros la ignoraban; otros montaron una exposición, editaron un volumen de ensayos, o le dedicaron el número de su revista; los más conscientes llevaron sus voces hasta Rectoría.
»Las autoridades, informadas de antemano del experimento, no hicieron nada.
»La mierda comenzó a formar parte del paisaje habitual de la escuela y los realizadores colocaban capas de laca protectora por las noches para que no se hiciera polvo. Los estudiantes se acostumbraron. Un día, un alumno colocó una banderita de México en la punta; esto ocasionó una nueva polémica sobre el respeto al, al…
¿Al Lábaro Patrio? —interrumpí—, ¿O era el respeto a tu clon?
No. Digo, sí. Digo… ¿A mi clon? Pendejo… No, Gato, el respeto al mojón, y pues, bueno, se quejaban: cómo era posible que alguien se atreviera a poner un objeto encima; unos defendían a la bandera, los otros defendían a la caca. Al final, se quitó la bandera.
»Unos días antes de terminar el semestre, los alumnos que hacían el experimento comenzaron a comprobar hipótesis. De la noche a la mañana la mierda desapareció y se limpió todo el espacio, borrando los rastros del monumento.
»Los alumnos hicieron un nuevo paro de labores, pedían a Rectoría un informe detallado de quién se había llevado su caca y dónde estaba. Rectoría se hizo pendeja nuevamente y… oye, le dije al Rayas, a lo mejor trae un six de negras… pero aquella no se escuchaba como su camioneta ¿o sí?
La neta, nos vale verga.
En fin, el hecho de adaptarse a una situación nueva provoca varios periodos, los resultados del experimento fueron los siguientes:
»un periodo inicial de rechazo a lo desconocido, como parte del miedo al cambio y apego a la estabilidad;
»uno de adaptación, cuando las personas deben convivir con una situación o elemento indeseable;
»otro de costumbre; las personas aprenden a desenvolverse normalmente considerando al elemento indeseable como parte de la dinámica grupal;
»Finalmente viene un periodo de apego; cuando el elemento indeseable es retirado del ambiente y la dinámica grupal regresa a la normalidad, las personas harán lo imposible para recuperar el elemento perdido, demostrándose nuevamente que el miedo al cambio, la adaptación y el duelo forman parte de la naturaleza humana…
Eso es masoquismo —le dije—, eso no tiene ni puto sentido, resulta que no importa si se quita la mierda; si la dinámica y el entorno se han interrelacionado, entonces ¿se luchará por recuperarla? Esas son pendejadas, Focko. Además, confróntalo con las protestas contra el Tilted Arc de Serra, ¿No estarás de largo otra vez, como cuando dijiste lo de tu microchip?
No mames, Neko, ¿Yo cuándo he inventado algo? Y el pinche microchip sí lo tengo, mira.
Focko empezó a tocarse un bulto detrás de la oreja.
Sólo digo que las leyendas urbanas ahora comienzan con un imbécil que dice: en tal universidad se hizo un estudio; es el entimema de nuestra década.
Es neto, Hugo, neto.
Entonces enséñame el puto artículo.
No, ps lo leí en la Quo, o en la Muy Interesante.
A ver, tráela, culero.
Ya, pinche Gato —dijo Baxter—, tú le quitas lo chido a la divagación sobre la condición humana.
Ta bien —les dije—, me callo. Y para que no cambien abruptamente de tema, ahorita regreso, voy a clonar al Focko, no se me vaya a derramar por la pleura…
Je je… ¿Clonarme?, Chinga tu madre, pinche Ñeco. Mierda: tú; mierda: tú.
Cuando regresé del baño, me miraron como si esperaran algún comentario.
Oye Gato —dijo Baxter—, la Puerca tiene una pregunta para ti.
No, pinche Eddie, no.
No se apene, Artie, no-sea-pene.
Bueno; oye, Hugh, ¿Y qué es un derrame de pleura?
Es una teoría del doctor Binnet Sangle sobre por qué a cierto prángana tuberculoso, que rolaba por Jerusalén en el año 33 después de sí mismo, le salía agua del costado en vez de sangre.
Brindemos por el doctor Sangle —dijo Baxter. Y lo hicimos.
Brindemos por el otro doctor, herr doktor Henning. Tsssalud.
Le seguimos la corriente.
Brindemos por Ikari —Baxter nos metió el dedo en el costado mientras levantaba su negra. Levantamos las nuestras.
Con un aglú —sugirió cuando Focko y yo agachamos la cabeza.
Hicimos una rueda tomados de los hombros y empezamos a marchar de espaldas mientras cantábamos aglú aglú aglú y, de uno en uno, hacíamos hidalgos. Cuando terminamos, la Puerca empezó a vomitar.
Las primeras instalaciones fracasaron; Baxter lo sabía. Vendetta era simple vandalismo, una V sin sentido trazada en Google Maps. Incluso el Wikiproject obtuvo algunos dieses, eso demostraba que hasta los profesores calificaban a lo pendejo.
Debíamos buscar una idea con verdadera resonancia, porque el tiempo corría y el esfuerzo bla bla bla.
Me harté de que Baxter estuviera tratando de convencerme de irnos al cuarto. Ante mi negativa, me restregó en la cara su nueva banda con Black (llamada Tenebrarum Cacātorium o algo por el estilo) lo ignoré el resto de la velada y le pregunté a la Puerca cómo estaba Mutsumi-chan.
Ps ai. Fuimos a ver los cuartos de final entre los Gallos y los Diablos —dijo mientras pasaba por enésima vez el trapeador sobre su vómito.
No dijo más, aunque era un vato lento ya olía mis intenciones. No insistí. Últimamente pensaba en su morra todo el tiempo, sobre todo cuando estaba con Orri.
Me chupé mi negra de un jalón y le pedía a Focko una bukowskiana. Focko agarró un jaibolero y me sirvió medio vaso de Vat 69 y lo completó con Sangre de Cristo.
A la tercera bukowskiana ya estaba perdido, recitaba al azar versos del Altazor. Me sentía como aquel etanol de mierda, varado en su planetoide, que le hablaba al Principito.
No hay tiempo que perder. La pura verdad.



Terminé el material del Wikiproject después de meses de alteración y estaba listo para dejárselo ir rigurosamente a todos los huevones de Iberoamérica.
El Wikiproject era la segunda fase del proyecto Ikari. Era una instalación virtual y afectaría directamente el manejo de información escolar de secundarias y prepas. La etapa de preparación consistió en acumular artículos y temas de los planes oficiales que estudié para mi examen de admisión, modificarlos y subirlos de vuelta a la esfínternet. Cuando le conté a Crog y a Focko los pormenores, ya tenía listo un stock bastante gordo preparado durante el último año sin saber para qué lo utilizaría. El proyecto Ikari, incluso, no tenía nombre cuando empecé a trabajar en él.
La idea era suplantar ciertas páginas del Rincón del Vago y la Wikipedia en un sitio espejo diseñado por mí. Los artículos de la página, en apariencia, eran los mismos, pero con ayuda de Tongo, Fili y Baxter habíamos hecho algunas modificaciones, sobre todo de lógica y concordancia: intercambio de conceptos, incluso de palabras. Debajo de cada tópico había links para la página del proyecto; aunque Ikari no estaba listo la idea era enviarlos a una página donde se explicara el sentido de la instalación.
¿Cuál es la página? Gato —interrogó Focko aquella vez.
proyecto-ikari.blogspot.com
¿Cómo el de Evangelion?
Más o menos.
Mientras la sustitución no fuera descubierta, bajaría de manera tremenda el rendimiento académico y la eficiencia terminal, sobre todo entre bachilleres y universitarios holgazanes; porque lo soltaríamos de acuerdo con las fechas de los exámenes bimestrales, a mediados de abril, según el calendario de la sep.
El Wikiproject se debía habilitar todo en un día, en un momento; el phishing lo haría Black desde una computadora pública. Yo no entendía mucho de eso; él sí, y estaba divertidísimo con la idea.
Tendríamos cerca de 48 horas para documentar todo, incluso podríamos tener menos, quizá horas, minutos, eso si teníamos la suerte de romper firewalls, antiphishings y demás softwares, según me explicó Black. Después, los programadores de los sitios auténticos lo descubrirían, hackearían nuestra página espejo, lanzarían un aviso y, quizá, una demanda.
Para eso estábamos relativamente protegidos, si se abría una investigación sólo podrían saber que el ataque se produjo desde Agnosia, no más; la ip de Matusalén, según dijo Black, había sido desviada a un servidor en Israel, donde las regulaciones sobre web aún no estaban tan controladas.
Aunque a Crog y a Focko les encantó la idea, lo supe de antemano: tendría que hacerlo prácticamente yo solo.
Parte de las alteraciones consistieron en falsear información sobre pedagogos, psicólogos, políticos, científicos y cualquier cosa sujeta a ser educable, instituciones, conceptos y corrientes científicas, filosóficas, artísticas y sociológicas, toda información susceptible a alteración.
En algunos casos sólo cambiamos conceptos o datos significativos como fechas, nombres u ocupaciones. Dijimos, por ejemplo: “El aprendizaje significativo era de Vigotsky”, eso sólo generaba un poco de incredulidad en un buen pedagogo; mas en uno que se iniciaba era la diferencia entre entender los paradigmas o ser un perfecto imbécil. Otros ejemplos: mezclar a Pearls y Wertheimer a partir del concepto de gestalt; disociar a Pavlov del conductismo, a Frankl de la logoterapia; o decir que Schopenhauer era contemporáneo de Nietzsche y concordaba con las ideas de Hegel, por mencionar las más obtusas y evidentes; en otros casos era una reestructuración de acuerdo con la inspiración del momento: Oparin y Erasmus intercambiados, Lamark y Darwin coincidiendo; dos o tres experimentos de química alterados, las recetas de algunos explosivos caseros en experimentos de coloración; hasta incipientes brebajes venenosos obtenidos de un manual de botánica oculta de Fili, intercambiados con filtros de amor; una impostura informativa que pocos se detendrían a analizar por la premura de terminar sus tareas o, con más inocencia, por ser su primer acercamiento a los temas; eso gracias a la libertad de la red para subir toda la basura que uno deseara. Una lástima.
Black hizo el phishing a las diez de la noche, hora de España. El sitio permaneció operando unas 16 horas antes de que lo hackearan.
Esperamos hasta octubre para publicar los resultados de la segunda fase en la página principal, junto con Vendetta y Virgin, primera y tercera fases, respectivamente, cuando ya todo se había enfriado. Los resultados, a diferencia de la fase Vendetta, fueron más perdurables, aunque tuvieron menos difusión mediática.
Algunos días después pude ver ciertos resultados en los trabajos finales de Estética de la Prepa Uno. Nos pidieron un cuadro comparativo del neoclásico y el barroco. Algunos vatos de mi clase llevaron uno de mis textos, en el cual afirmaban “con los pelos en la mano”: «el barroco fue posterior al neoclásico y entre sus características más marcadas está un claro recargamiento de la construcción estructural y una austeridad ejemplar» (en este caso, se refería a cualquier otro híbrido agustino, no al barroco), mientras que en el neoclásico «las columnas se distinguían por tres tipos de capitolios de los distintos ordenes: el toscano, el bizantino y el salomónico».
Cuando la profesora les preguntó si sabían qué era Corinto, ellos respondieron con mucha seguridad:
Una ciudad-burdel, el putero más grande de la antigua Grecia, miss.
Más de la mitad del grupo reprobó la materia. Luego de unos días el pequeño Sócrates de bolsillo me hizo sentir un leve remordimiento por provocar indirectamente aquellas deserciones. La instalación los jodió, es cierto, mas pagaban las consecuencias de su desidia. Hoy día aún deben existir personas revisando la página: universitarios, bachilleres, estudiantes de maestrías. Después de incidentes de este tipo, les prohibieron la Wikipedia en sus fuentes. Aunque acceden al archivo del Wikiproject (el cual actualizo de vez en cuando, ya con el nombre de Fakipedia) para cometer el mismo error.
En la fase dos del proyecto Ikari presentamos los resultados de la instalación: una de las justificaciones artísticas referidas en la introducción era justamente la siguiente: «Uno de los errores más comunes de las personas es creer ciegamente que los contenidos de los medios electrónicos, las palabras impresas, el televicio o el comentario “crítico” de un locutor son ciertos, reales o acertados a priori sólo porque muchos los ven presentados en formatos bien diseñados, o cuadro por cuadro». Toda una teoría de masas, retórica, imago, etcétera, etcétera, etcétera.





Mirábamos en familia una superproducción hollywoodesca cuando Tongo me habló por teléfono: que dónde andaba, que me pusiera un short de futbolista y me fuera con ellos a cotorrear. Con el pretexto de ensayar una nueva rola para lograr un sonido a medio camino entre Interpol y lo más punketo de Gorillaz, me salí de la casa. Él y Baxter pasaron por mí. Íbamos rumbo a cualquier farmacia.
¿Qué tranza, qué se arma?
Pues no sé —dijo Tongo— ¿Un Henning?, ¿Un Flemming? Rompópper, carnal. ¿Cotorreas o no?, ¿Jalas o te pandeas?, porque si no moneas, sabes que tienes autoridad inmoral sobre nosotros y declinaríamos para una sencilla velada con chomua.
No mamen, carnales, para empezar existe una diferencia tremenda entre inmoralidad y amoralidad.
Ilústrenos con su sapiencia, eximio doctor Ñeco.
Pues lo amoral es aquello en contra de las normas sociales porque las desconoce… en cambio la inmoralidad es lo que va en contra de la naturaleza y es un acto consciente.
¿O sea, entrarle al Henning es nomás amoral y cogerte a tu hermana es inmoral?
Algo así, porque si follas con tu hermana sin saber que tus morros tendrán hidrocefalia deja de ser inmoral para volverse lo otro… la neta es complicado… ¿qué pedo con el popper?
Debes entenderlo, hay drogadictos casuales y drogadictos causales, nosotros pertenecemos a la última categoría. Realicé una investigación exhaustiva en la Wikipedia y descubrí que herr Doktor Henning descubrió el cloruro de etilo como un tranquilizante para golpes, hematomas y esguinces: el Traumasol.
El monasol —interrumpió Baxter—, platícale, Tongo, platícale qué le pasó a esos genios.
Se murieron todos de una sobredosis, en la cárcel, con los productos de sus propios descubrimientos. Ni Frankenstein.
Llegamos a una farmacia.
Que se baje el Neko y la pida —dijo Baxter—, él no luce como un drogadicto incipiente ni darquetón.
No mames.
Tú nomás pídete un Traumasol, o cloruro de etilo; pon cara de que vienes del fútbol siete o algo así.
Para eso me pidieron el short y los tenis. Bajé simulando un esguince en la pierna, pedí el Traumasol y me lo dieron tan fácil como cuando compraba el gallo afuera de la primaria. Creo que la cajera estaba clavando con el vato de la bodega, porque no preguntaron mi edad ni me pidieron receta médica.
Seguramente pensaron: «ya dales su pinche cloruro pa’ que se larguen a ponerse bien drogos» —dijo Baxter.
Tongo puso un disco de Godspeed You Black Emperor! y Baxter empezó a explicarme la metodología monera.
Me voy a poner un toque didáctico —explicó—, mira, ya separé la botella de refresco vacía… déjame decirte, Gato, el popper es bien efímero, te ha de dar un viaje como de un minuto y luego se te quita.
No tiene efectos secundarios, ni cruda, ni nada —dijo Tongo—, acá la onda es: como se pasa rápido, es necesarios darse reloads; y después de varios, sí te tumba. Acuérdate, esa vez me quedé jetón en la casa de la Lupe —le dijo a Baxter.
Baxter abrió la lata de aerosol, dio un pequeño disparo dentro de la botella vacía de refresco y comenzó a aspirar con la boca. Se quedó quieto y luego comenzó a bailar y a tirar puñetazos en su asiento, Tongo se reía sin dejar de manejar.
Nnno mmmames, y ahí vvviene el tiki tiki. Tiki tiki tiki tiki tiki tiki tiki tiki tiki tiki tiki…
Siguió así por unos segundos.
Y se acabó, ya estoy bien otra vez.
En efecto, estaba normal. En el camino de ida al bosque recordábamos aquellas veces cuando, completamente pachecos, pensamos que una curva duraba media hora nomás porque se nos hizo muy larga. Después de varios reloads, dejamos de lado el tema de Tu Madre, inabordable con Baxter; él prefería cavilar sobre puras pendejadas:
«Oye gato, si cuando fumamos nos da el payaso, ¿a los mudos les dará el mimo?»… «Oye, si Dios está en todas partes, ¿se moneará contigo?»… «Oye, si todos fumáramos gallo al mismo tiempo y echáramos el humo hacia el cielo, ¿le llegaría el chato a Dios?»…
Llegamos al Bosque Quemado y parqueamos el Chevi de Tongo entre los árboles, había un chingo de banda, hacían fogatas y bebían; había una familia, dos grupos de chavos en sus automóviles y un autobús ado, seguramente su chofer lo sacó para coger a sus anchas con alguna gorda de centro botanero.
Apenas eran las once. Nos metimos entre el bosque y repetimos los tres el mismo procedimiento con la botella.
Y pruébalo cccuando te lo eche en la mmmanga del suéter, pega bien cccabrón.
Yo pensaba que se dddaban con el atomizador directo a la nnnariz.
Nnno mames, Gggato, eso podría mmmatarte, somos drogos, no pendddejos.
Una punzada rítmica, sabiamente nombrada por Baxter como el “tiki tiki”, recorría mi cabeza mientras me hacía bailar velozmente a la velocidad de los latidos de mi corazón. De pronto se acababa, ya estaba normal otra vez, sólo quedaba era el gusto del Traumasol anestesiándome la boca.
Aquella prisa del popper por desvanecerse obligaba a monear constantemente. Nos recargamos tantas veces que perdí la cuenta; nos la pusimos en la manga, bailamos, gritamos y corrimos; hasta Baxter se cayó de nalgas en el lodo, se quedó en calzones el resto de la noche. Tongo le dijo: «Así no te vas a meter al Chevi».
Si seguía jalándole a la botella mientras estaba speed, venía un tiki tiki más duradero, no mayor a noventa segundos. El parámetro de placer del Henning requería que fuera de esa manera: efímero, reiterativo, fragmentario. El popper era una droga neobarroca.
Regresamos al pequeño valle entre toda la banda y nos sentamos en las yerbas a filosofar. Muy ad hoc. Yo comencé a hacer sonidos guturales, imitando a puercos, caballos, gatos, gallos, gallinas, perros, un talento de la infancia, cuando aún soñaba con trabajar en la industria de la animación, el doblaje y los efectos especiales. Baxter se cagaba de la risa.
Tiki tiki… tiki tiki tiki tiki tiki tiki tiki tiki tiki tiki tiki tiki tiki… ja ja, pinche Neko. Tú me activas el tiki tiki… oi nomás qué frase mmmás puñal “Tú me activas el tiki tiki”… Yo debería vivir en la Mmmeca de la homosexualidad.
Eso dijo Baxter mientras le daba un tremendo jale a la botella. Cuando Tongo se levantó, Baxter dijo emocionado: —¡No mmmames, es Tongo-lele!
Hace como tres días vi una puta película, La Noche de San Patricio, donde salía un lucky charm malvado. Le cortaba los dedos y los dientes a la banda para quitarles su oro.
¿Y eso qué tiene que ver con Tongolele?
Estaba pensando en eso y cuando dijiste que Tongo era Yolanda Montes me imaginé al puto duende convirtiéndose en Tongo… je je… en Tongo… a ja ja ja…
Imagínate a Tongolele, e je je, y en una peli de... Vin Diesel.
No blasfemes. Vin Diesel es la verga.
No mames, pinche Ñeco.
A huevo. Esa pinche voz ya la quisiera James Earl Jones.
Es un actor de pelis de mierda.
Vin Diesel es la raíz de un árbol desgarrando el pavimento. Un tumor de lucidez en el seno del mainstream.
No es cierto, ni siquiera es tan verga, no sale en Triple Equis 2, ni en 2 Fast 2 Furious.
Sólo repitió a Pitch Black. Él no es actor de segundas partes. Además, es poeta.
Ora si ya te la arrancaste, pásame el popper.
Es poeta y tengo evidencias. El vato dice «Si veo luces rojas y azules, yo no freno», ésa es una metonimia. O como cuando dice: «¿Lo que miro en una chica? Lo primero son sus ojos: veinte por ciento de ángel, ochenta por ciento diablo, que no le moleste ensuciar sus manos de vez en cuando», o sea, no mames, esa es una metáfora continuada, metrada en octosílabos. Me perdonas; esos chispazos no se le ocurren a un guionista.
Ni siquiera son octosílabos perfectos.
Todo poeta sabe utilizar sus licencias, pinche amargado.
Se hizo un silencio.
En Triple Equis le dice a Samuel L. Jackson: «Ésa bandera debe ser un consuelo cuando se mira en el espejo», ésa es toda una puta crítica al estado policial neoliberal.
Ajá.
En otra se va con un compa policía a la frontera con México; está buscando a un criminal o algo y su compa le dice: «Aquí se acaba mi jurisdicción». ¿Y qué le responde Vin Diesel? «Aquí comienza la mía». O sea, no maaames.
Tongo salió de su letargo y se unió a mi discurso.
En Triple Equis dice una palabra de cuatro sílabas y Yelena le responde: «¿Quiere algo de hielo antes de que se le caliente el cerebro?»
¿Hielo? Puedo sacar un poco de tu corazón, si lo encuentro.
A huevo.
Baxter se dio otro reload. Ya no tenía ánimos para discutir.
Christopher Nolan dirigir uno de esos thrillers psicológicos. Y que salieran Vin Diesel y Jet Li. Y que el villano fuera The Rock. Puta, sería lo máximo.
¿Con Jet Li?, ¿ése tammmbién es poeta?
No seas pendejo. Jet Li es filósofo.
Ni habbblar, dijo el mudo… y ¿por qué The Rock?, ya entrados en gastos ¿por qué no mmmejor Kevin Spacey, John Travolta?
Ps nomás. The Rock es un mamón de mierda y me gustaría ver a Vin Diesel y Jet Li poniéndole en su madre.
De pronto empezó el Himno Nacional en la radio y los tres nos paramos, saludamos a una bandera en el erebo y comenzamos a cantar. El Himno terminó. Nosotros seguimos cantando hasta completar cuatro estrofas con el coro. Cuando terminamos, el resto de los borrachos y parejitas anónimas nos aplaudían desde sus fogatas.
Cuando Bocanegra y Nunó compusieron el Himno Nacional debieron meter el tss tss luego del sonoro rugir del cañón, para hacer el reload entre el coro y la estrofa. Tss tss.
Al sonoooro rugiir deeel cañoón…
Tss, tss…
Oye, sí es cieeerto.
Regresamos a la nave de Tongo y como el popper no dejaba la peste del gallo o el chomua nos pusimos a monear adentro
Imagínate una persona tan sola que para colmo tenga de mascota a una tortuga dijo Tongo un puto animal que no responde a ningún estímulo
Y luego le pasara como a mi tío Licona se quiso ahorcar en un bóiler y le cayó agua caliente en la jeta quedó como esas carpas doradas con ojos de globo
Pinche Gato nomás a ti se te ocurren esas pendejadas
Ahhh Gracias doctor Henning dijo Tongo en voz alta y se quedó meditativo unos segundos luego sonrió para sus adentros y repasando con los labios su frase la repitió un poco más calmado volteándonos a ver como para que riéramos con él Gracias doctor Henning
Baxter se empezó a sobar la ñonga por encima de su calzón percudido
Gato esto es una maravilla neto el monasol y mi verga erecta pocos hombres los han rechazado
Y pocos hombres han rechazado a tu mamá
Ándale nomás te doy unas punteadas y luego te desquitas dándome unas a mí
No empieces de vergalegre para eso están el Golmo y el Focko
A esas alturas ya hablábamos sin signos de puntuación
Ándale no quieres acompañarme a mi casa
Me quedo con tu mamá la mortificaría mucho si me enredara con mi hijastro eso sí sería inmoral
No mames cómo odio a esos mamilas que traen coches Peugeot o esas mamadas de Audis Putos con Stratus y gm Pinches ricos hijos de puta todos deberíamos traer un Chevi porque esos son cuatro por cuatro Pinches ricos hijos de la verga deberían morirse todos ya putos capitalistas si veo un vato en uno de esos coches seguramente es un hijo de puta
Oye carnal una pregunta cuántos coches tiene tu familia
No pues cuatro el Chevi y el Fiesta y
Entonces no mames hay banda sin automóvil y se muere de envidia por tener lo que tú tienes y tú odias a quienes traen un puto coche europeo te quejas de los ricos y mucha gente te considera a ti uno
No mames súbele a la música es Grupo Límite
Y me desgarras y manejas a tu antojo y controlas mis enojos
Un dolor de cabeza empezaba a dominarme Juraría que entre reload y reload las fogatas y el bosque en general y hasta el toldo del Chevi se convirtieron en los rasgos de algún monstruo feroz como un caligrama de Apollinaire

o j o s            f e o s
h     o     r     i     z     o     n     t     e
s                a
o n r i s

Es lo último en mi memoria antes de despertar al otro día en mi casa con la boca apestando como si me hubiera comido una calceta sudada llena de frijoles agrios.
Desvelado como estaba, y relajado, terminé unos artículos para el Wikiproject. En esas estaba cuando Focko habló por teléfono.
«Hugo, estoy cheleando con el Rayas, al rato viene La Sonora Curandera y la Orquesta Metálica, ven a la casa y de aquí nos vamos.»
No me chingues, ¿yo qué putas voy a hacer en el Tzócalo escuchando parasito duranguense y reggaetonto?
«Va a haber sluts.»
Órale, en tu casa en media hora —dije y me apresuré a terminar.
Llegué a su casa en el tiempo acordado; sólo estaban él y Crog.
El Rayas ya se había ido.

We'll drift through it all, it's the modern age.
Joy Division

Después de la tradicional partida de ajedrez de los domingos, quedé con Fili de vernos en la noche para la revancha en el Café Estival, mi preferido en aquellas noches de soltería, ¿la razón?, el sitio era esnob y el Sempai ni de chiste se paraba ahí.
En aquel tiempo tenía amigos y algunos sueños. No era como, ahora, un desterrado, un extranjero aferrado a trazos desdibujados. Vacmo y yo llegamos juntos.
Fili llegó con la caja de figuras de marfil y tres amigos… en realidad tres acompañantes: los Príncipes. En aquel tiempo aún no se odiaban a muerte por unos bisnes sobrenaturales y ultratumbezcos que traían entre ellos (desdoblamientos del cuerpo astral, portales interdimensionales, moradas filosofales, tópicos en los cuales Fili y los Príncipes estaban bastante versados); y estos, a su vez, llevaban una amiga, Orri, la reconocí porque estaba en el mismo salón el día de mi examen de admisión, una coleguita. Orri no hablaba mucho y nomás con mirarla reconocía uno sus limitaciones, mas, me dije, después de una aburrida más que aburrida socialización con los Príncipes bífidos, «Si Helena solita logró que el priámida y el atrida desmadraran Ilión completita; si hasta herr Doktor o el vato de la lira bajaron por sus nenas al Inframundo, con más razón a un mozuelo como yo».
Y esa sonrisa fácil y esos ojos color moco, paf, «Me tienes», pensé. Y yo igual la tenía, pues uno como hombre también sabe cuando le gusta a una zorra.
Orri estaba ahí, me saludó. Mucho gusto. Besos. Mi afición por el yogurt de frutas evocó un bello recuerdo en ese beso: su aliento, era como oler aceite de almendras dulces.
Los Príncipes siempre traían colgando unas svásticas en el cuello.
Somos nacionalistas y socialistas —se excusaban—, perseguimos lo inalcanzable y nos cagan los judíos, es lo apropiado.
Fili, por su parte, había salido de su periodo enmascarado y atravesaba por su periodo vampírico; en aquel tiempo se sentía personaje de Ann Rice y no paraba de mirar las auras de los Príncipes, lo cual incomodaba a éstos; y a Orri y a mí nos desconcertaba.
Una Coca-Cola —pidió Orri después de cenar un pastel sin azúcar.
Esas son aguas negras del capitalismo —le dijeron los Príncipes.
La Coca es roja —repliqué. Además, aquí ni capitalistas, ni socialistas. México es sur global.
Les mostré el envase y, luego, el color del líquido a trasluz.
Los idiotas lo tomaron como una exaltación al comunismo; traté de enmendarme aludiendo los bloqueos tecnológicos y aduanales del Imperio, los proyectos de los centros de investigaciones de la Ulcera, congelados por los capitales extranjeros, y las patentes, y las fugas de cerebros…
En algún momento de la plática yo ya juntaba las palabras Althusser y antihumanismo en una misma oración; fue cuando me di cuenta de mi infructuosa contribución a posturas que no compartía. Me di por vencido y me levanté.
De camino al baño pude ver una densa nube de humo tras la cual se difuminaba una cabellera rizada color magma, bajo la cual adiviné un rostro familiar, quizá de alguna fiesta de Lu. En ese momento yo no lo sabía, era Mutsumi-chan, acompañada por Fausto y el Emperador. Continué hacia el baño.
Cada vez que iba a drenar el café bajaba por las escaleras, caminaba los cuadros del piso de uno en uno y, finalmente, daba un pequeño salto para mover con un toque de mi mano el anuncio de madera colgado del techo, el cual anunciaba el baño de mujeres. Después hacía lo mismo con el letrero del baño de hombres. En cuanto al “Cuarto de bombas” junto a los baños ¡era un misterio!, podía contener en su interior un juglar yucateco versificando, un musulmán envuelto en explosivos plásticos, o unas máquinas que llevaban el agua de la cisterna a las habitaciones del hotel sobre el café.
Al salir le volví a pegar al letrero, viendo cómo se abrían lentamente los eslabones de la cadena, disfrutando la oscilación de la madera y de esa figurita icónica de mujer.
Repetí ese acto monótono cada vez desde la primera vez que fui al Estival hasta que por fin cayó, porque el letrero terminó ceder ante tantos golpes. Si no lo mencioné antes es porque me trae malos recuerdos.
Al regresar a la mesa, aquellos seguían en su discusión sobre Marx y demás tópicos de ancianos. Aproveché para afilar las uñas sobre Orri.
Me esforcé, de veras, y fue inútil.
A ella parecía no interesarle nada en particular, ni música, ni libros, ni pelis; un poco de moda pero se aburrió de Lipovetsky, algunos chismes del TvNotas, algunos forwards con chistes pendejos, o con mensajes optimistas. Y ya.
Me contó de sus achaques y enfermedades, de sus ataques epilépticos. Su familia abusaba de ella; no explicó si sexual o sólo moralmente. Yo le dije «No exageres, a todas mis conocidas las tratan mal en sus casas»; ella insistió en que su caso era diferente; me lo decía de lado y su aliento de aceite de almendras me enloquecía y, al mismo tiempo, tal vez por la sugestión de conocer su trágica existencia, me provocaba cierto rechazo instintivo, como si el pequeño Sócrates de bolsillo me dijera al oído «No te reproduzcas con ella, sólo inténtalo pero no lo logres».
Preferí poner atención a su listado de restricciones: cápsulas diarias durante cinco años para calcificar parásitos alojados en el encéfalo; nada de sol, nada de azúcar, nada de videojuegos, cuidarse los pies; poquita esfínternet, unodós tierno, marcas de lancetas en los dedos, orgasmos moderados; nada de café, nada de taquicardias, nada de speed; cero deportes, cero desvelos. ¿Y cómo estaba? Más o menos: panza lombricienta, a pesar de estar relativamente flaca; celulitis juvenil (se adivinaba cuando el pantalón se le pegaba a la pierna); barba albina; cara de hombre bonito; dientes de ratón; güera de rancho. Ya de cerca y platicando no era tan encantadora, aún así algo bueno sacaría yo de ahí… leche, al menos: sus chichis eras como una terapia para cerrar etapas inconclusas.
El protocolo terminó aburriéndome. Me acompañó a drenar. Y sí, volví a pegarle a los letreros de madera, cada veinte o treinta segundos, disfrutando el mismo espectáculo efímero de la oscilación, mi única diversión además de sentarme dentro de las casetas telefónicas a esperar mientras ella salía del baño. Ese día no pude conectar porque hizo falta marinarla más, terminé aburridísimo entre pláticas de enfermedades, violencia intrafamiliar, brujería y Vacmo vacilándose a las meseras:
«Señorita tráigame más estiércol, de favor», les decía levantando su taza.
A él parecía interesarles muy poco la charla sobre lucha de clases y esoterismo. Era como si no estuviera ahí.
Terminé volteando a la mesa de la mujer misteriosa (Mutsumi-chan), mientras pensaba la manera de hacer que Orri aflojara.
Un rato después llegó Focko y se sentó en la mesa. Resultó ser amiguísimo de los Príncipes por un negocio de pastes en el cual trabajaba el exnovio de alguno de los tres. Aburrido empecé a edificar una torre de Babel con los botecitos de crema vacíos.
Tras despedirnos de Vacmo y llevar a Orri a su casa, continuamos la charla en el jardín de la Escuela de Artes, en el exconvento de San Guijuela, discurriendo acerca de una leyenda local: los gases tóxicos generados por los cadáveres de las monjas embarazadas que murieron abortando en los túneles bajo el edificio.
Íbamos en el Garbanzo, el coche de Fili. De camino vimos una morra con un culo estilo bell bottom, contoneándose en Revolución.
Hey, perra, voltea —dijo Fili en voz baja. Voltea, te digo. Estoy picándote las nalgas con mi aura, voltea. Mírame a la cara y piensa: «está muy lejos, no podría».
La morra nunca volteó.
Estábamos chupando todos de una Viñarreal de durazno que compramos en un mini súper Hongo. Cada diez minutos debíamos guardarla en los arbustos y sacar las Coca-Colas para engatusar a los fbis que hacían sus rondines.
«Los vecinos se quejaron», decían los puercos y se largaban.
Luego de un rato de más charlas universitarias, los príncipes montaron un espectáculo místico para Focko y para mí. Las ramas de los árboles se empezaron a mover, no había viento, y unos pasos formaron círculos en el agua estancada de la fuente. Chuck habló del árbol que parecía un vato estirando las manos, en realidad era la forma que había adoptado tras unos ritos practicados por él. Didi, por su parte, afirmaba tener facultades paranormales, una bruja se los había descubierto, dijo, y eso le acarreaba, como a Peter Parker, una gran responsabilidad.
Fili fue a drenar y los Príncipes nos dijeron que tuviéramos cuidado con él, porque tenía el hábito de meterse en los sueños y arrancarles los padrastros de las uñas, o algo por el estilo.
Cuando por fin se acabó la Viñarreal los Príncipes se largaron y Fili sacó un poco de ojorrojo.
No quería compartirle a esos gorrones. Qué onda, mi buen Sayayín fase cuatro, ¿donde podremos gotearlo tranquilos?
Focko sugirió la Peña del Cuervo y hacia allá fuimos.
El ojorrojo era una de esas drogas de última generación; realmente ni a droga llegaba, era un suplemento, más bien un accesorio: unas gotas para los ojos que, después de un rato, formaban cristales fluorescentes, como un calidoscopio integrado; podía combinarse con speed, gallo o ácido para lograr viajes de diversas estéticas. Su inventor seguro se inspiró en la sustancia que aparece en el primer capítulo de Cowboy Bebop. A diferencia de aquella, el ojorrojo no afinaba los sentidos, tardaba mucho en llegar al cerebro. Aún así la ssa la había prohibido porque, según un supuesto estudio realizado en una prestigiosa universidad, a la larga, los cristales y los ácidos terminaban jodiendo la superficie del tejido ocular y los nervios conectados a los sesos.
Ésa es la camioneta —dijo Focko a medio camino—, ahí va el Rayas. Ese güey es bien chido, de los pocos cuates con los que se chupa tranquilo. Ya lo conoces, Gato, ha cotorreado con nosotros en el taller, la otra vez llevó tortas de pastor y milanesa.
Yo no tenía ni puta idea de quién me hablaba.
Llegamos a la Peña del Cuervo como a las dos y media de la madrugada, después de media hora de curvas y terracería.
Fili estacionó el Garbanzo en un claro junto al sendero.
Todo alrededor estaba rodeado de coníferas, tapaban la visibilidad. Sólo se veían las constelaciones, y muchas estrellas fugaces. Sin los faros naranjas de la ciudad, la noche era nítida. Estaba completamente oscuro y nos guiábamos con un encendedor intermitente para cruzar un caminito que subía a la peña; subimos las “escaleras” de piedra hasta llegar a la cima, era un piso plano rodeado de una barda circular de piedra en el cual se concentraba la energía cósmica, según Fili. Del otro lado de la barda sólo había abismo y árboles. Las luces de Agnosia llegaban desde lejos, en el sur. Sobre nuestras cabezas brillaban los Reyes Magos, Orión, y un triangulito que seguramente no era Libra.
Después de gotear el ojorrojo, y reforzarlo con algo de gallo, regresamos al Garbanzo, el coche de Fili. Ahí nos explicó los simbolismos de una peli donde los ángeles se dan en la madre tratando de destronar a Dios, y habló una puta hora de Jodorowsky y Castaneda, haciendo gala de transdisciplina pacheca. Luego se acordó de que a unos quinientos metros de la peña él, Chuck, Vórtex y Rain habían abierto un portal dimensional, liberando a una entidad sobrenatural, y seguramente seguía suelta en alguna parte del bosque.
Focko le pasó el gallo sobrante con tal de que cambiara de tema.
Fue un desperdicio. Esa noche Fili estaba inspirado.
Luego de un rato de ver ángeles fosforescentes, Fili nos convenció para hacer danzas rituales y a ahuyentar a los venados curiosos. Focko dijo que cazáramos uno e hiciéramos cecina. Debí recordarle que estaba penado porque eran una especie endémica, según las nom y las cites.
La verdad, yo tenía mucha hueva como para hacer de Heracles transitorio.
Fili nos interrumpió:
Silencio… ¿Ya escucharon? En los pinos. Es la Pacha Mama…
Y a bailar.
Desperté a eso de las once de la mañana en una mesa de la Pulquería 30-30, con un curado de guayaba a medio beber; estaba lleno de moscas.
Un señor con la ropa vomitada dormía a mi lado; su mano colgaba, como muerta, alrededor de mi cuello. Una parte de su basca había manchado mi pantalón. Él resto de él era todo fraternidad.
Focko ya no estaba y Fili pernoctaba plácidamente, con un tlapehue de avena bien sujeto en su mano derecha y la mórbida teta de una zorra en la izquierda.