Mutsumi-chan fue a leerse las cartas y a que le hicieran una limpia. Me pidió que la acompañara.
Por mi parte, estaba turbio. Quizá en aquellos momentos una mala mujer tenía mi efigie amarrada de manos, pies, boca y ojos, con hilo negro, como San Antonio en aceite de inmersión, bajo tierra, lleno de alfileres en el corazón, el cráneo y la médula… y papeles con instrucciones específicas para que dejara de pensar, para que tartamudeara y se me olvidara todo, para que entrara en pánico ante tareas complejas y odiara todo lo que me rodeaba.
Para detener a esa mala mujer no bastaba poner agua bendita en un jarrón y llevarla al buró junto a mi cama.
Seguro ella reía en silencio y esperaba que la última de mis pertenencias desapareciera también: esperaba que yo perdiera todo deseo, sobre todo el deseo carnal por cualquier otra que no fuera ella. Ése era su ultimátum: otra farsa.
Así que permanecía expectante (preocupado es otra palabra que le iba a la ocasión) disfrutando la catatonia.
Y Mutsumi-chan observaba desde el rincón con el miedo grabado en el rostro, haciendo mil conjeturas, o de preocupación o en mi contra, mientras esperaba el veredicto de esa señora que pronunciaba conjuros y me daba un limón, que se marchitó lento entre mis manos.
¿Por qué no sentí remordimiento si me sentía como mugre, eso, cochambre, ceniza, sarro, el moho en la cortina del baño, herrumbre, limadura, esa babita fétida en el tubo del fregadero, sedimento, aserrín, pelusa; si no distaba mucho de la materia de los Jales o de esa pasta verdosa que eructan las espinillas?
Yo era un hombre interesante para el Tarot. Muy interesante.
Los arcanos se amontonaban. Una sobre otra, las cartas se hacían el amor. Intentaban contarme el fragmento de mi destino que cada una conocía.
»La línea del trabajo: no había tal a esa edad.
»La línea de la vida: sigue fumando y se marcará demasiado.
»La línea del amor: bifurcada; un silencio que se prolonga…
Mutsumi-chan guardó para ella el joker que apareció en las revelaciones de la gitana.
La noche llegó con lentitud.




En el transcurso que va de septiembre a octubre vino mi periodo más oscuro, cuando los encuentros a escondidas con Plug se volvieron más frecuentes. Al mismo tiempo Kaede-chan permaneció a mi lado como sujeto de experimentación y confidente, sin que yo supiera por qué no se borraba su imagen con los cerillos de mi mente.
Todo era un loop: Orri, Fight Club, Sasha Grey, las chichis de Plug, ceniza, Kaede-chan con sus cerillos, Moisés bajando del Sinaí.
Y de pronto ahí estaba. La instalación definitiva.
Por la tarde reuní a Focko y a Crog, a Baxter y a Tongo y a Vacmo y a Efreid, y desplegué la estructura del proyecto Monument. A Vacmo, Tongo, Baxter y Efreid les dio un chingo de miedo, pero hicieron un voto de silencio. Sólo Baxter hizo un comentario tratando de disuadirme:
La inteligencia sin amor es perversión, señor Gato.
Un comentario algo tardío para quien ha decidido comportarse como un dios. Las primeras pruebas las hicimos en el bosque, y luego se realizó otra en un aula de la Ulcera.
Por las tardes yo me pegaba a la computadora buscando paradigmas educativos y perdía el tiempo con diversas manifestaciones culturales: aprendí a confeccionar armaduras de metralla para volar judíos en pedazos; disfruté el show de un drogo que se arrancaba la quijada a cuchillazos; me masturbé con unas morras a las que asesinaron agitándoles unas botellas de champaña en el culo. Muertos y muertos. Entre todas esas distracciones, conseguí la receta de la nitro, el napalm, el tnt.
En esa época uno todavía ponía “bombas caseras” en el Google y aparecían varias recetas, desde los tradicionales cocteles molotov, pelotas de tenis rellenas de cabezas de cerillos y bombas de aluminio y ácido muriático, hasta pociones de sosa cáustica que utilizaban el vidrio del frasco como metralla y bombas de humo hechas con azúcar y nitrato de potasio. Fue antes de que censuraran esas búsquedas; antes de que la Unión Europea regulara incluso las sustancias químicas con las que se fabricaban y dejaran de venderlas en farmacias, joyerías y tiendas de productos de limpieza, cosméticos y fertilizantes; antes de que esas regulaciones llegaran a Latinoamérica. En el centro del Chilango aún se podía comprar sin problemas agua oxigenada, acetona, hexamina, ácido nítrico, sulfúrico o clorhídrico. El agua oxigenada, por ejemplo, mezclada con ácido sulfúrico y acetona, permite elaborar el peróxido de acetona, un coctel artesanal muy popular entre los extremistas islámicos.
Crog, por su parte, estudiaba a conciencia las leyes de la física y el diseño de dispositivos de control remoto, aerodinámica, motores de juguete, detonadores y otros tantos prodigios de la electrónica y las telecomunicaciones. Descartamos la idea del avioncito por su difícil confección. Focko, teniendo claros los pasos de construcción de piezas, esqueletos, armaduras, se encargaba de construir recipientes seguros en el taller de joyería de su padre. Hicimos unos pequeños frascos con explosivo que probamos en el bosque con éxito, nos ayudó a calcular exponencialmente la cantidad requerida para cierta área. Esas minucias matemáticas las hacía Crog.
La segunda prueba llegó un día que Morgan tenía examen justo en su celebración de meses con Focko. Colocamos una carga bajo una butaca en su salón.
Ese día llamamos anónimamente, corriendo el rumor de una amenaza de bomba. Las instalaciones del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades tuvieron que ser desalojadas. Para no decepcionar el esfuerzo realizado por los elementos de seguridad de la Ulcera, detonamos la carga. No destruyó el salón pero retumbó en todo el edifico. Yo tampoco tuve clase ese día (La Facultad de Humanidades estaba en el mismo edificio que la de Derecho).
Si la bomba hubiera estado en la mochila de Morgan estoy seguro que yo no hubiera podido contener la risa.




Plug hablaba con uno de los tipos que la traía de vaina antes que empezara a clavar conmigo. Se dejaba tocar el cabello frente a mí (yo estaba tirado y ebrio), le decía algo al oído, le sonreía; luego él la insultaba, le decía: «Zorra, tus chichis te llegan al ombligo, son tus nalgas delanteras». Le decía que yo con mi cuerpecito pequeño no era ni la mitad de hombre que él; tenía razón; el vato, en comparación conmigo, era muy alto. Le decía que seguro cogía conmigo porque no había soportado el rigor de su verga de pornstar. Luego se burlaba:
Sólo quería cogerte, no lo tomes a mal, tú no sirves para otra cosa.
Le dijo lo que todos pensábamos de ella. Quizá por eso estaba tan encaprichada conmigo: yo era el único que aún no se lo había dicho.
Todo ocurrió frente a mí, porque mi presencia (un bulto) ya les daba igual.
Ella se emputaba y se iba; yo reaccionaba y la alcanzaba. Le decía con mucho tacto que esos hábitos suyos ya no le convenían. Ella hacía esa respiración agitada y grave como una tuba y me decía que lo que pasara entre ella y sus compas era su pedo.
¿Acaso no había dicho que muchas veces cogía de puro coraje?
Cuando se largó me tiré al piso de nuevo. Estaba en una encrucijada:
¿Mutsumi-chan o Plug? Mi gran problema es que soy hombre de una sola mujer y mi hombría es pequeña: siempre he creído que un hombre no puede atender a dos mujeres; con qué trabajo uno hábil puede satisfacer a medias a una; y aunque la recomendación sencilla sea alternarlas, el paso de la teoría a la práctica es complicado; o quizá no lo sea, mas implica una decisión: perder muchas cosas, por lo menos la mitad de las cosas.
¿Mutsumi-chan o Plug? Mi gran problema es que yo era hombre de una sola mujer y en ese momento me divertía bastante con Plug. También me la-mentaba por dentro, porque cada vez que Mutsumi-chan decía «te necesito», era como si me apuñalara, porque me abrazaba y yo le correspondía, y en el fondo sentía que yo estaba fingiendo; porque de pronto un impulso idiota me hacía querer cumplir con una promesa suicida que Plug me había inoculado: ahorcados del mismo cable, o lejos, largarnos de Agnosia, al sur, siempre al sur.
Cuando estuvo más calmada ella regresó conmigo y me soltó un discurso estúpido:
El bien y el mal son una farsa —me dijo, igual que los dragones de las historias cuando protegen un tesoro incierto—, porque es bueno que nos hayamos encontrado, pero es malo que tú sigas con Rocky y no decidas a qué juegas conmigo.
Así era Plug. Y yo estaba tan enculado que quería decirle que sí, que era yo quien jugaba. Mi corazón era como esos platillos de air hockey.
Ella me decía que cuando Dios la hizo no había roto el molde sino que me hizo después a mí; me hacía creer que yo había nacido echado a perder, con la burla tatuada en el rostro, igual que ella. Y en medio de esa telaraña me soltó un ultimátum: me dio un abrazo y me dijo:
Te puedo esperar, o desearte mucha suerte, nadie se muere de amor y yo ya he vivido esto.
Lamidas, manoseo y despedida.
Más tarde, ya en casa, escuchaba a los Pixies mientras me bebía dos litros de Jarrito sabor tamarindo, y sucedía: cada nota que salía de la guitarra de Kim Deal era una puñalada en las tripas. Y ahí estaba una pasta en mis ojos que no dejaba que cayera ni una lágrima.
Y mientras, pensaba en Mutsumi-chan, en cómo podría volver a ella ahora que la había alejado tanto en mi interior.




El último favor que me hizo Fluff fue convencer a sus amigas de la secundaria para participar en Skin, una fotogalería en Facebook que colgaríamos a la web de Ikari.
Cuando Mutsumi-chan vio las fotos de sus compañeras de clase se sintió algo molesta.
Te pasaste de madres —dijo.
En el fondo aquel disparate la divertía mucho, podía viborearlas a sus anchas.
El proyecto era sencillo, elegante: Skin tenía un perfil en Facebook que permitía que las amigas publicaran en el muro. Bastaba que las candidatas se suscribieran.
Todas esas chicas lanzaban sus fotos más sexys.
A primera vista parecía un sitio para pedófilos, ¿Quién a nuestra edad no lo era?
Mas ninguna de ellas estaba obligada. Eso era lo excitante: casi todas esas morras de diez a quince años que se fotografiaban en su cuarto con una webcam lo hacían voluntariamente.
Esas fotos en ropa interior, además, eran las mismas que publicaban en sus perfiles, así que técnicamente no había delito que perseguir. Doblemente horny.
Yo, como siempre, agradecí al pollo aquella coyuntura sociocultural (el pollo y sus hormonas tenían la culpa de la crisis de valores, de verdad, yo por eso lo comía dos veces por semana aunque me diera asco; desde aquella época, el pollo tenía más colesterol que la carne de cerdo, y eso ya es decir bastante).
El único premio para nuestras distinguidas participantes consistía en que la foto más acá se colocaba semanalmente como imagen de perfil.
Al cabo de unas semanas la cuenta fue denunciada y cancelada, pero guardamos una copia de Skin que subimos a la web de Ikari para que quien así lo deseara pudiera tejerse una chambrita de vez en cuando.




Si Dios existe, tiene un humor muy negro.
Si Dios existe, seguro se divierte viéndote sufrir; dale un mal espectáculo.
Dios nos ha abandonado.
Y nos dejó sus instituciones, la memoria deformada de sus antiguos ritos.
Silencio…
Si Dios existe, seguramente me odia, lo hace; lo sé porque estoy enculado.
No hay amor sin El Marrano —respondió Tongo y me pasó el gallo.
Nos pusimos a escuchar canciones de El Marrano, esa verdadera banda seminal.
No sé tú, Gato, yo me la pasé chido en el antro, me encontré unas chichis.
Ja ja ja, ¿Unas?
Unas chichis que me extrañaban.
¿En qué peli decían que Dios era un niño con una granja de hormigas?
Constantin.
Ea.
Tuve que hablar con la morra, pero las chichis fueron las que se emocionaron.
¿Ajedrez o cubilete?
Mejor Magic… uh, Mascarade.
Nel. ¿Ajedrez o cubilete?
¿Cubilete?
El que quieras.
¿Quieres jugar?
No. Sólo preguntaba ¿Cuál será el juego con el que Dios decide nuestro destino?




Cuando Focko decía «vámonos de putas», nunca sabía exactamente a qué se refería y menos si entre el grupo se hallaba Baxter. Quiero decir: nunca se podía saber si iban por putas, o de putas. Aquella vez iban al Foxy Lady’s a tomar negras (cubeta: 70 bolas, ampolleta: 20 bolas).
Esa vez no nos acompañó Crog y estuvo bien así, porque cuando llegamos al pelódromo lo primero que vimos fue a Macabra lamiéndose con un vato al que no conocíamos. Cuando nos vio nos hizo un guiño, como si a cambio de nuestro silencio nos fuera a expedir un vale por una cogida, o mejor: como si no fuera a decirle a Mutsumi-chan y a Morgan que nos habíamos encontrado ahí. Por donde se viera era un favor mutuo. Unos minutos después se levantó; su acompañante pasó a la caja (liberación: 600 bolas), y desaparecieron del lugar.
En aquella época los congales me aburrían mucho (cover: 20 bolas; video con doble penetración a Rebeca Linares: priceless); aún así, Tongo, Fili, Focko y yo teníamos la urgente necesidad de ver y tocar chichis sin tener que trabajar mucho por ellas.
Focko estaba de dadivoso, acababa de consumar una estafa y se puso a invitarnos privados (tres canciones: 250 bolas). Tongo se dejó mimar, buscaba las chichis más grandes y las premiaba con un blue ribbon (Benito Juárez: 20 bolas). Fili metía billetes falsos en las tangas de unas gordas.
Cuando la noche estaba más aburrida, sentí una corriente de aire, sí, dentro del congal, y escuché los gritos de una voz familiar en el silencio fugaz entre dos canciones. Al voltear pude ver a Plug encabronadísima con dos tipos que estaban cayéndose de pedos; les decía que aquello era una pendejada, que cómo era posible que pagaran, que ella podía hacerlo mejor.
Y sí. Se subió en una mesa y comenzó a bailar. Dos minutos después se quitó la blusa y el pantalón y se quedó con la pura ropa interior, enseñando su piel apergaminada. Yo pensé que no me había visto, en realidad me estaba bailando a mí. Se movía, y en su sonrisa había una burla constante.
Hipnotizado como una rata ante una serpiente, me fui acercando a su mesa hasta que estuve debajo de ella. Le puse uno de los billetes falsos de Fili entre las chichis. Sus dos acompañantes se me iban a lanzar a golpes; ella los detuvo y me pidió otro (Juárez fake: cero bolas). Luego me invitó a sentarme. Cada vez que quería tocarla tenía que ponerle un billete. Un par de veces hasta se me cayeron por causa de aquella corriente de aire que soplaba quién sabe de dónde. Ella invitaba el pisto (trago para ellas: 55 bolas).
Aquella fue la primera noche que apagué el teléfono hasta el siguiente día.
Mutsumi-chan, como era de esperarse, lo supo todo desde el principio.
Resulta que desde la primera vez que estuve en el departamento de Plug para ver si era cierto todo lo que su apariencia prometía, ella decidió enviar al mail de Mutsumi-chan una foto en la que salíamos bastante acaramelados. No sé por qué lo hizo; para presumir, supongo.
Nunca quise averiguar si le envió todas las fotos, todas, hasta esas que, por venganza, mandé unos meses después a Tu Mejor Maestra junto con sus datos.
Sólo supe, luego de unos meses, que le estuvo enviando esos correos electrónicos en los que le restregaba en la cara que nos veíamos a escondidas. También le mandó algunos poemas puñeteros que escribí en ese tiempo. La muy zorra incluso se adjudicó uno que le había escrito a Mutsumi-chan y lo envió con un epígrafe muy pendejo, en la línea de «Mira lo que inspira una mujer de verdad».
Mutsumi-chan estaba, como siempre, al tanto de todos mis movimientos, incluso al releer aquel poema pensó que yo andaba con ánimo de reciclaje; eso no ayudó mucho. Ella supo todo el tiempo lo que yo hacía, y me lo estuvo guardando hasta que nos fuimos de Agnosia.
Yo creo que sabe más de lo que me reclamó. Yo creo que Plug, que odiaba a Mutsumi-chan, se odiaba más a sí misma, y a mí aún más por interesarme en ella, le hizo una crónica puntual de todos nuestros excesos y que el otro Neko, el que se había dormido desde que conoció a Mutsumi-chan, había despertado; y Mutsumi-chan pudo contemplarlo en todo su brillo: el de un vato hueco al que nada llenaba; el que vivía siempre escondiendo sus actos con otros y culpándose por ellos, negándoselos incluso a sí mismo; el que buscaba por todos los sitios lo que ya había encontrado.
Plug y yo, es cierto, estábamos obsesionados; toda esa atracción estaba basada en rumores. Ella, por ejemplo, se había tragado todas las historias que Fluff había dispersado acerca de mi “alto desempeño” hipodérmico. También creía que yo no sabía nada de sus hábitos.
La verdad es que yo fui un poco más idiota. Sabía que todo lo que su apariencia prometía era falso, y se lo creí cada una de las veces.




Sólo por no dejar de explorar todas las posibilidades, empezamos a diseñar un fanzine. Focko y Crog seguían enojados conmigo por el asunto de Latin Family pero ya se hallaban en disposición de continuar con las instalaciones de Ikari. Como pudimos, conseguimos cierta información en la Wikipedia y la metimos con calzador a algunos contextos de Agnosia para hacerlos parecer artículos de interés; los imprimimos y repartimos anónimamente en varias colonias con títulos amarillistas. Aquél proyecto era cuasianónimo, algo así como acción social, cierta labor de beneficencia, como enviar botellas de agua a los damnificados de un tsunami. Y nuestra idea de beneficencia no tenía que ver con la vanidad sino con la filantropía, ¿Para qué sacarnos fotos entonces?
El fanzine, que tuvo un único número, trataba de ser no una invitación al pánico sino una manera de hacer conciencia. Así de altruista.
En él hablamos de los peligros de los asentamientos humanos en los Jales. Al gobierno se le había hecho muy fácil conceder permisos a las constructoras para establecer privadas y fraccionamientos para ricos en ellos. La misma Laguna de Cianuro era resultado de la reacción de las lluvias en una depresión formada en un jale minero. Así que uno de los artículos hablaba del efecto que esos residuos de 500 años de minería, mercurio, oro, arsénico, plata, tenían sobre todo en el sistema nervioso. Un jale no es otra cosa que toneladas y toneladas de polvo de roca acarreada, “jalada” hasta las afueras de la ciudad en siglos anteriores, “afueras” que en las últimas décadas eran ya parte de la ciudad. El cianuro se filtra en las tuberías e invade el sistema de agua y alcantarillado. Luego venían las explicaciones sobre el vapor de mercurio y sus sales solubles y de qué manera corroen las membranas del organismo; sobre el arsénico, que envenena por acumulación progresiva de pequeñas dosis inhaladas; sobre el cianuro de hidrógeno, que bloquea la capacidad de las células para utilizar el oxígeno; sobre la amalgamación, que es un proceso que utiliza mercurio para disolver plata u oro y que fue sustituido por un proceso con cianuro, más barato. Todo eso en las casas de los ricos.
Otro artículo trataba de los tiros y las minas prometedoras. El tiro es un hoyo que sirve como respiradero cerca del pozo principal; lleva aire fresco a los mineros y evita la acumulación de gases. En este artículo fuimos un poco profetas porque hablábamos de que los cerros habitados de Agnosia tenían debajo esas excavaciones, por lo que el suelo de las casas corría el riesgo de cimbrarse. Muchos años después, cuando empezaron a aparecer los hoyos redondos que se tragaban casas y pedazos de calles, seguramente alguien en el subsuelo se acordó del fanzine.
Repartimos los ejemplares en los fraccionamientos y barrios mencionados, mas no tuvo graves consecuencias. Ni siquiera vimos alguna notita de color en el Canal 26. Vimos resignados que nuestra fuerza había llegado al límite y que, después de contemplar en retrospectiva los esfuerzos combinados de primos, amigos y concuños, notábamos que nuestras instalaciones no alcanzaban ninguna esfera, ni moral ni estética.
Los días que siguieron a la publicación del fanzine empezamos a dar patadas de ahogado: vandalismo extremo y estúpido, porque incluso los nazis respetaron el arte de los países conquistados, no como nosotros que parecíamos el Imperio invadiendo Irak. En resumidas cuentas tomamos unas latas de aerosol y nos pusimos a pintar poemas en las paredes de casas, locales y edificios públicos; también las vitrinas de los negocios.
Una madrugada hicimos una excursión de reconocimiento al Asta Bandera. Ya estando arriba vimos que sería muy difícil bajar el lábaro y pintarlo antes del amanecer o antes de que las ratas que escaparon del dif nos comieran a mordidas.
A esas alturas la gente ya no miraba con tanto repudio lo ocurrido, no después de varias reiteraciones; era como pegar un pedazo de cinta una y otra vez hasta que terminaba por perder el adhesivo. La semana siguiente empezaron las clases en la universidad y todos tuvimos menos tiempo para perderlo de esa manera.




Nunca supe su verdadero nombre y, para serte franco, tampoco a ella la conocí, es decir, yo pensaba que había accedido a cierto lugar de su neurofisiología. La verdad es que eso nunca ocurrió. Ella simplemente mentía todo el tiempo, estaba habituada a hacerlo, así funcionaba su vida.
A esa conclusión he llegado después de mucho. En ese momento no lo veía así, claro. Fue Mutsumi-chan quien me ayudó a entenderlo. Estoy consciente de que lo hizo por rencor, por sus propios motivos, y en realidad he llegado a creerle.
Nunca supe su verdadero nombre. Le decían Plug. También era su curp o un anagrama, no sé. O quizá porque todos los que la conocían la enchufaron después de la tercera negra. No sé.
Uno de sus padres era gringo (no recuerdo si el vivo o el muerto, tampoco los conocí, a lo mejor ni tenía), no gringo gringo sino hijo de inmigrantes. Ella era chilanga, de alguna ciudad dormitorio adyacente, y pertenecía a esa categoría de personas que se creían la gran verga sólo porque estudiaban en la unam los fines de semana aunque vivieran en Agnosia (y que eran hinchas de los Gallos, excepto cuando jugaban contra los Pumas).
A ella la conocí una vez que acompañé a Fili o a Tongo a dejar unas fotos y su currículum al El Necronomista. No pudo ser Baxter porque de la amistad que tenía con ella me enteré después. La verdad es que ya no me acuerdo.
El caso es que mientras fue inmortal había sido slut y cotorreaba con la banda desde hacía algún tiempo (por algún motivo, yo la había “notado” apenas unas semanas antes).
No usaba otro tipo de lubricante social, ni ojorrojo, ni speed, ni gallo. Nada de eso. A ella sólo le gustaba el alcohol y la verga; y tenía una calibre .22 cargada que, decía, le daba la seguridad para usarla en el primer momento en que las cosas empezaran a salirle mal.
Recuerdo que esa vez nos gustamos y nos pusimos a platicar de alguna pendejada como pretexto, Monsiváis o Villoro, algo relacionado con crónicas.
Cuando Fili, o Tongo, o Baxter salió de la redacción yo me despedí y me fui muy apendejado, como sumido en una plácida inconsciencia, con su vocecita de zorra zumbándome en la cabeza y una instantánea de sus chichis entre las mejillas, que así, bajo la ropa, daban la impresión de prodigiosas, y ya en directo (acá entre nos) eran bastante lamentables.
Ella seguramente dijo: «Este imbécil tiene que ser mío», no lo afirmo, pero tampoco pudo ser de otra manera, porque fue a partir de ese momento cuando todo empezó a irse al carajo.




El amor no existe.
Existe la brujería.



To the depths of the ocean where all hopes sank
Joy Division

Recuerdo que unas noches antes dudó que el plan fuera a resultar, esa ocasión tuvimos una fuerte pelea. Me había mentido. Cierto, era una mentira blanca, mintió con respecto a dónde había estado unas noches antes, unas horas ¡Pero me había mentido, entiendes!, y lo hizo para ocultar cosas peores. Nunca había hecho algo así antes, aquella fue la primera de muchas. A veces no sé si hice bien en perdonarlo.
Me defraudó porque yo confiaba en él y nunca le mentí; echó abajo la confianza adquirida durante los meses de noviazgo. Yo no sabía: Focko y Morgan tuvieron un pleito escandaloso, Morgan la prestó la changa y mis papás se enojaron mucho porque la sacó de noche de la pensión para llevársela quién sabe a dónde; iba Crog también y fueron por Neko más tarde. Focko y Morgan se gritaron tanto en la sala que se les barrió la lengua. Luego Crog y Bárbara hicieron aquella escena. Esa noche Neko debía confesarme lo que había hecho.
Para mí, Focko fue el detonante… Focko y la clamidia, cada uno por su lado, porque nunca los juntó (nunca juntó a esa zorra con nadie); Neko siempre creía en ellos porque en eso es muy estúpido y confía en que las personas tienen un lado bueno. Crog contribuyó porque contó muchos chismes los meses anteriores, rumores que dañaban la reputación de Neko, rumores que no tenían nada que ver con las porquerías que sí hacía.
Aquella noche llegó a tu casa y marcó al teléfono para ver cómo solucionaría el problema conmigo. Habló y hablé. Estuvimos cuarenta minutos conversando por celular sin llegar a ninguna solución, al contrario. El pleito se hizo peor cuando me dijo que había salido unas horas «a dar una vuelta» con ese par de zánganos mientras yo, de pendeja, creía que ya estaba dormido. ¡Sí lo había hecho… y me lo negó durante semanas!, mas la verdad le estalló en la cara, como siempre; nunca puede ocultarme sus mentiras por mucho tiempo. Perdí la confianza en él. Después lo perdoné, sí, pero no olvidé que me quiso ver la cara.
Por ejemplo, desde el principio supe que su sueño repentino y los mensajitos misteriosos del celular eran porque me ponía el cuerno, cuando buscaba a su “amiga”, la Plug, “sólo para platicar” hasta el amanecer. La primera vez, tu mamá me llamó preguntando si no sabía dónde había estado su hijo toda la noche porque no llegó a dormir. Yo le dije: «Señora, soy hija de familia, mis papás no lo permitirían», mi error fue dejarlo hacer su voluntad, no dije nada, no luché por alejarlo de la clamidia desde un principio, ahora me culpo porque esa puta casi le come el alma completa.
Pero volvamos al tema. Tras nuestra discusión la víspera, Neko decidió tomar en serio el plan. Fue toda la situación la que le dio el coraje para hacerlo, deprimido sin duda por culpa de la clamidia que en ese entonces movía todos sus hilos. El resto sería mejor que lo contara él, yo ya me desahogué, no quiero seguir escribiendo.