Este dispositivo está hecho con un circuito integrado “555” de ocho pines. Esto sirvió para armar un circuito clock, justo el que lleva el tiempo de retardo para la detonación; el armado del circuito tiene cuatro resistencias de carbón de distintos valores, un capacitor cerámico (marca Acme), otro variable, un potenciómetro y leds indicadores.
»Pudimos hacer un display de siete segmentos para una cuenta regresiva digital, eso le da el acá cinematográfico. La verdad es un detalle estúpido, es mejor que no sepan cuándo estallará.
»El clock se conecta con un relevador de voltaje para manejar otro circuito de potencia, porque el 555 es para control de la detonación, no para provocarla por sí mismo.
»Ya unido al circuito integrado, por medio del pin 5, encontramos otra parte de la bomba: el controlador; este circuito va unido al clock y sirve para detectar rayos infrarrojos, sonido, sensor de movimiento, de humedad, de presión, de luz o de frecuencia; según la manera en la cual se quiera hacer explosión y también de acuerdo con las características del explosivo.
»Este controlador lo armé con un control de frecuencias para una detonación a distancia por medio de fotoceldas, fotorresistencias o fototransistores, da igual.
»Por último, ensamblé y conecté la parte explosiva conocida como “masa de la bomba”, la nitro, que será detonada por medio del relevador conectado con el circuito clock.
»Esto se hará provocando una chispa, una reacción de mezcla entre la nitroglicerina lograda con la detonación del circuito controlador. Si hubiéramos usado explosivos plásticos la chispa se hubiera producido dentro del recipiente, cuidando que existiera combustión.
»Necesitaré a uno de ustedes en el asta bandera y al otro frente al Reloj, de otra manera, la longitud de onda de la señal se verá interferida por la masa del cerro y será imposible detonar.
»Uno de nosotros debe estar en línea recta al sur, en el Cristo de piedra; y otro en línea recta al sureste.
»¿Entonces quién será el valiente en la Torre del Reloj?



Algunas personas no entienden que a veces no hacen falta explicaciones aparatosas como una esquizofrenia o un trastorno bipolar. A algunos les basta cierta agnosia para ostentar una psicopatología decente. Una simple teoría de la percepción capaz de explicar por qué nuestro cerebro se la pasa completando patrones y cerrando círculos.
Si respondo mal, si trueno la boca y le pongo ojos de muerte a cualquier pendejo, entonces mi cerebro, mi súper ego me defiende. Por dentro las frases no fueron monosilábicas. La voz sólo se levantó un poco, no lo suficiente para ser un grito. La expresión sólo fue impasible y no de rabia muda.
Algunas mujeres creen que bastaría una videograbación para delatar esos comportamientos y hacernos recapacitar, reorientar nuestras actitudes.
Yo no lo creo: al ver la evidencias nuestra mente haría lo que ya está acostumbrada: llenar los agujeros, convertir los manotazos en ademanes, en maneras, y ese escalofrío neurótico que nos recorre súbitamente en una simple ráfaga de viento.
¿Cuántos de mis actos habrán sido llanas idioteces registradas en mi memoria como hechos memorables?
De pronto me dan ganas de decirte: no fue así, yo no fui, ni siquiera lo planeé, decir que esos monumentos no cayeron por mi mano, es más, ni siquiera cayeron, siguen ahí:
Felipe Ángeles en su caballo.
Benito con su libro y Miguel sosteniendo su cono de helado.
El Hippie rezando el padrenuestro.
El Obelisco y la Torre del Reloj, la Bandera: todos en pie, sin mi concurso.
Por desgracia a veces tengo la sensación de ya no recordarlo, la sensación de haber escapado sin motivo de una ciudad intacta. No respondas, no me desmientas. Me gusta pensar que es como ahora lo recuerdo. Así puedo vivir el curso de mis días con la certeza de que la memoria, al cambiar, puede mejorarlo todo.



Mutsumi-chan sabía todo. Aquel pleito de dos horas por teléfono había sido un intento por disuadirme. Cuando decía «No me hagas daño» se refería a muchas cosas, no sólo a ella.
Focko había mencionado la tarjeta de joyero de su padre con la cual se podía comprar casi cualquier cosa; a ellos les vendían ácido nítrico para resquebrajar los lingotes de oro, también les vendían oxígeno para fundirlos, amoniaco, ácido carbónico, ácido sulfúrico. Focko ofreció incluso nitrato de sodio: «Por si quieren dinamita». Yo me sentía muy confundido. Esa noche no visité a Plug, me quedé en casa dándole vueltas al plan.
Por la mañana recibí en la casa a unos predicadores, eran de la misma religión de Plug, y luego de media hora de alegatos me dejaron unos folletos sobre el fin del mundo y la salvación. Los dejé sobre la mesa y me fui a la sala con el Sempai.
Veíamos televicio y compartíamos algo de gallo. El Sempai estaba muy arisco, me preguntó si era posible tener desdoblamientos anímicos; había presenciado en un sueño el asesinato de un amigo muerto hacía poco.
Sólo fue un sueño, le dije, el gallo lo tenía sugestionado; pero él duro y dale que sí. Lo dejé en la sala y me fui a la computadora a ver un vidio de Rebeca Linares en el cual, luego de batirse con aceite, hacía un facesitting en la jeta de algún suertudo mientras ordenaba: «Say my name». En un momento dado sonó el teléfono, contesté y el profesor Sebastián, con voz quebrada, preguntó por el Sempai.
Sebastián —le grité—, te habla tu tocayo.
El Sempai salió de la casa y yo regresé a ver la televisión. Un pequeño caos religioso se había desatado en la ciudad. El Sempai no mentía, a su amigo lo habían matado en la basílica y unos cacagrandes del obispado estaban ladrando frente a los micrófonos.
Me sentí ofendido. El Proyecto Ikari había realizado tantas instalaciones y de la nada venía un psicópata neófito a una iglesia y todos se alborotaban. No se valía. Me dio tanto coraje: yo había fabricado una virgen, publicado un fanzine y pintado una V en Google Maps; yo había hecho una nueva Wikipedia, un catálogo on-line de zorras, y era uno de los seres más creativos de la ciudad; yo, yo, yo: no era nadie: un anónimo, un vándalo, un graffitero marcando territorio como perro.
El Sempai llegó de la calle aún más abatido, se encerró en su cuarto y permaneció ahí hasta el día siguiente, sólo salió cuando fue momento de asistir al velorio. Regresó hasta el lunes por la mañana.
Se llevaron a Sebastián al polígrafo, creen que fue él…
Me alegré porque, cuando regresara, traería mi encargo.



A legacy so far removed, one day will be improved
Joy Division

Llovía a cántaros por culpa de las trombas de octubre. Neko, Focko y Crog insistían en consumar el proyecto concebido en los últimos meses.
A su edad la vida estaba llena de retos, y su deseo sobrepasaba por mucho las aspiraciones de cualquier joven de su edad.
Neko las llamaba “instalaciones artísticas”, su verdadera esencia estaba hecha de terror.
Él había iniciado todo, sí, y al final casi desiste. Luego vino todo el asunto con esa clamidia. No sé cuánto pasó entre ellos dos que al final él se dejó devorar por la absurda sed autodestructiva implantada por ella; el resorte se había comprimido tanto, era inevitable su expansión.
Los tres amigos estaban sobre la Caribe, así los vi desde la ventana.
Morgan le prestaba a Focko el coche, a escondidas de mis padres. La Caribe era de Morgan y él creía que podía disponer de ella a su antojo.
Los tres discutían acaloradamente en el interior del auto. Focko puso cara de desesperación y salió de la Caribe con rumbo a la farmacia. Neko y Crog seguían hablando. Neko, furioso. Crog, muy triste.
Focko le pidió algo a la boticaria; la muchacha regresó con algo parecido a una caja de condones. Focko dudó un instante y luego hizo un ademán extraño, la boticaria se llevó la caja y regresó con una Coca-Cola y una cajetilla de Lucky Strike. Focko volvió a la Caribe y se unió a la conversación.
Crog adoptó un semblante seguro y decidido, bajó del coche y tocó la puerta de la casa.
Le respondí con cierto enojo. Busqué a mi hermana.
Tras unos minutos salió Bárbara, en camisón traslúcido y con Alquimia en brazos; sus reclamos retumbaron por toda la calle. Crog ya había sido humillado de muchas maneras por ella. Después de escuchar los gritos de Bárbara él decidió terminarla.
Crog se fue llorando y subió a la Caribe.
Neko no hizo ningún comentario al respecto, sólo le pidió a Focko un aventón hasta su casa. Al llegar, me habló por teléfono.
Yo sabía muy bien dónde había estado las últimas semanas, sabía por qué me apagaba el celular y por qué repentinamente le daba sueño a las nueve de la noche.
La verdad le estalló en la cara. Me sentí decepcionada, comencé a llorar en silencio por todas sus mentiras y dejé de confiar en él.
Eso ocurrió la víspera.
Nunca ha dicho por qué lo hizo, estaba harto de todo lo sucedido a su alrededor y decidió tomar en serio el plan, ¿Quién sabe? Tal vez en el proceso podría dejar sepultados a Focko y a Crog.



Mutsumi-chan fue a leerse las cartas y a que le hicieran una limpia. Me pidió que la acompañara.
Por mi parte, estaba turbio. Quizá en aquellos momentos una mala mujer tenía mi efigie amarrada de manos, pies, boca y ojos, con hilo negro, como San Antonio en aceite de inmersión, bajo tierra, lleno de alfileres en el corazón, el cráneo y la médula… y papeles con instrucciones específicas para que dejara de pensar, para que tartamudeara y se me olvidara todo, para que entrara en pánico ante tareas complejas y odiara todo lo que me rodeaba.
Para detener a esa mala mujer no bastaba poner agua bendita en un jarrón y llevarla al buró junto a mi cama.
Seguro ella reía en silencio y esperaba que la última de mis pertenencias desapareciera también: esperaba que yo perdiera todo deseo, sobre todo el deseo carnal por cualquier otra que no fuera ella. Ése era su ultimátum: otra farsa.
Así que permanecía expectante (preocupado es otra palabra que le iba a la ocasión) disfrutando la catatonia.
Y Mutsumi-chan observaba desde el rincón con el miedo grabado en el rostro, haciendo mil conjeturas, o de preocupación o en mi contra, mientras esperaba el veredicto de esa señora que pronunciaba conjuros y me daba un limón, que se marchitó lento entre mis manos.
¿Por qué no sentí remordimiento si me sentía como mugre, eso, cochambre, ceniza, sarro, el moho en la cortina del baño, herrumbre, limadura, esa babita fétida en el tubo del fregadero, sedimento, aserrín, pelusa; si no distaba mucho de la materia de los Jales o de esa pasta verdosa que eructan las espinillas?
Yo era un hombre interesante para el Tarot. Muy interesante.
Los arcanos se amontonaban. Una sobre otra, las cartas se hacían el amor. Intentaban contarme el fragmento de mi destino que cada una conocía.
»La línea del trabajo: no había tal a esa edad.
»La línea de la vida: sigue fumando y se marcará demasiado.
»La línea del amor: bifurcada; un silencio que se prolonga…
Mutsumi-chan guardó para ella el joker que apareció en las revelaciones de la gitana.
La noche llegó con lentitud.




En el transcurso que va de septiembre a octubre vino mi periodo más oscuro, cuando los encuentros a escondidas con Plug se volvieron más frecuentes. Al mismo tiempo Kaede-chan permaneció a mi lado como sujeto de experimentación y confidente, sin que yo supiera por qué no se borraba su imagen con los cerillos de mi mente.
Todo era un loop: Orri, Fight Club, Sasha Grey, las chichis de Plug, ceniza, Kaede-chan con sus cerillos, Moisés bajando del Sinaí.
Y de pronto ahí estaba. La instalación definitiva.
Por la tarde reuní a Focko y a Crog, a Baxter y a Tongo y a Vacmo y a Efreid, y desplegué la estructura del proyecto Monument. A Vacmo, Tongo, Baxter y Efreid les dio un chingo de miedo, pero hicieron un voto de silencio. Sólo Baxter hizo un comentario tratando de disuadirme:
La inteligencia sin amor es perversión, señor Gato.
Un comentario algo tardío para quien ha decidido comportarse como un dios. Las primeras pruebas las hicimos en el bosque, y luego se realizó otra en un aula de la Ulcera.
Por las tardes yo me pegaba a la computadora buscando paradigmas educativos y perdía el tiempo con diversas manifestaciones culturales: aprendí a confeccionar armaduras de metralla para volar judíos en pedazos; disfruté el show de un drogo que se arrancaba la quijada a cuchillazos; me masturbé con unas morras a las que asesinaron agitándoles unas botellas de champaña en el culo. Muertos y muertos. Entre todas esas distracciones, conseguí la receta de la nitro, el napalm, el tnt.
En esa época uno todavía ponía “bombas caseras” en el Google y aparecían varias recetas, desde los tradicionales cocteles molotov, pelotas de tenis rellenas de cabezas de cerillos y bombas de aluminio y ácido muriático, hasta pociones de sosa cáustica que utilizaban el vidrio del frasco como metralla y bombas de humo hechas con azúcar y nitrato de potasio. Fue antes de que censuraran esas búsquedas; antes de que la Unión Europea regulara incluso las sustancias químicas con las que se fabricaban y dejaran de venderlas en farmacias, joyerías y tiendas de productos de limpieza, cosméticos y fertilizantes; antes de que esas regulaciones llegaran a Latinoamérica. En el centro del Chilango aún se podía comprar sin problemas agua oxigenada, acetona, hexamina, ácido nítrico, sulfúrico o clorhídrico. El agua oxigenada, por ejemplo, mezclada con ácido sulfúrico y acetona, permite elaborar el peróxido de acetona, un coctel artesanal muy popular entre los extremistas islámicos.
Crog, por su parte, estudiaba a conciencia las leyes de la física y el diseño de dispositivos de control remoto, aerodinámica, motores de juguete, detonadores y otros tantos prodigios de la electrónica y las telecomunicaciones. Descartamos la idea del avioncito por su difícil confección. Focko, teniendo claros los pasos de construcción de piezas, esqueletos, armaduras, se encargaba de construir recipientes seguros en el taller de joyería de su padre. Hicimos unos pequeños frascos con explosivo que probamos en el bosque con éxito, nos ayudó a calcular exponencialmente la cantidad requerida para cierta área. Esas minucias matemáticas las hacía Crog.
La segunda prueba llegó un día que Morgan tenía examen justo en su celebración de meses con Focko. Colocamos una carga bajo una butaca en su salón.
Ese día llamamos anónimamente, corriendo el rumor de una amenaza de bomba. Las instalaciones del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades tuvieron que ser desalojadas. Para no decepcionar el esfuerzo realizado por los elementos de seguridad de la Ulcera, detonamos la carga. No destruyó el salón pero retumbó en todo el edifico. Yo tampoco tuve clase ese día (La Facultad de Humanidades estaba en el mismo edificio que la de Derecho).
Si la bomba hubiera estado en la mochila de Morgan estoy seguro que yo no hubiera podido contener la risa.




Plug hablaba con uno de los tipos que la traía de vaina antes que empezara a clavar conmigo. Se dejaba tocar el cabello frente a mí (yo estaba tirado y ebrio), le decía algo al oído, le sonreía; luego él la insultaba, le decía: «Zorra, tus chichis te llegan al ombligo, son tus nalgas delanteras». Le decía que yo con mi cuerpecito pequeño no era ni la mitad de hombre que él; tenía razón; el vato, en comparación conmigo, era muy alto. Le decía que seguro cogía conmigo porque no había soportado el rigor de su verga de pornstar. Luego se burlaba:
Sólo quería cogerte, no lo tomes a mal, tú no sirves para otra cosa.
Le dijo lo que todos pensábamos de ella. Quizá por eso estaba tan encaprichada conmigo: yo era el único que aún no se lo había dicho.
Todo ocurrió frente a mí, porque mi presencia (un bulto) ya les daba igual.
Ella se emputaba y se iba; yo reaccionaba y la alcanzaba. Le decía con mucho tacto que esos hábitos suyos ya no le convenían. Ella hacía esa respiración agitada y grave como una tuba y me decía que lo que pasara entre ella y sus compas era su pedo.
¿Acaso no había dicho que muchas veces cogía de puro coraje?
Cuando se largó me tiré al piso de nuevo. Estaba en una encrucijada:
¿Mutsumi-chan o Plug? Mi gran problema es que soy hombre de una sola mujer y mi hombría es pequeña: siempre he creído que un hombre no puede atender a dos mujeres; con qué trabajo uno hábil puede satisfacer a medias a una; y aunque la recomendación sencilla sea alternarlas, el paso de la teoría a la práctica es complicado; o quizá no lo sea, mas implica una decisión: perder muchas cosas, por lo menos la mitad de las cosas.
¿Mutsumi-chan o Plug? Mi gran problema es que yo era hombre de una sola mujer y en ese momento me divertía bastante con Plug. También me la-mentaba por dentro, porque cada vez que Mutsumi-chan decía «te necesito», era como si me apuñalara, porque me abrazaba y yo le correspondía, y en el fondo sentía que yo estaba fingiendo; porque de pronto un impulso idiota me hacía querer cumplir con una promesa suicida que Plug me había inoculado: ahorcados del mismo cable, o lejos, largarnos de Agnosia, al sur, siempre al sur.
Cuando estuvo más calmada ella regresó conmigo y me soltó un discurso estúpido:
El bien y el mal son una farsa —me dijo, igual que los dragones de las historias cuando protegen un tesoro incierto—, porque es bueno que nos hayamos encontrado, pero es malo que tú sigas con Rocky y no decidas a qué juegas conmigo.
Así era Plug. Y yo estaba tan enculado que quería decirle que sí, que era yo quien jugaba. Mi corazón era como esos platillos de air hockey.
Ella me decía que cuando Dios la hizo no había roto el molde sino que me hizo después a mí; me hacía creer que yo había nacido echado a perder, con la burla tatuada en el rostro, igual que ella. Y en medio de esa telaraña me soltó un ultimátum: me dio un abrazo y me dijo:
Te puedo esperar, o desearte mucha suerte, nadie se muere de amor y yo ya he vivido esto.
Lamidas, manoseo y despedida.
Más tarde, ya en casa, escuchaba a los Pixies mientras me bebía dos litros de Jarrito sabor tamarindo, y sucedía: cada nota que salía de la guitarra de Kim Deal era una puñalada en las tripas. Y ahí estaba una pasta en mis ojos que no dejaba que cayera ni una lágrima.
Y mientras, pensaba en Mutsumi-chan, en cómo podría volver a ella ahora que la había alejado tanto en mi interior.